La vida fácil #2

->LEE LA PRIMERA PARTE AQUÍ<-

Claudia se despidió de Edel y le dio pena que anduviera solo tan tarde en la noche. Pero sabía que la vida era dura, que nada era gratis, que algunos nacían privilegiados y otros marginados. Ella se consideraba de los segundos. Estaba en el carro de un completo extraño cumpliendo con su trabajo. Ser prostituta a su edad era un oficio duro. El sexo no era muy bueno, y los clientes tampoco eran muy agradables. Claudia volteó a examinar el rostro de su nuevo cliente. Era un viejo decrépito que sin abrir la boca ya se le percibía el mal aliento. Vestía una camisa con cuadros celestes, blancos y azules; aunque los colores se veían desgastados por el uso. Notó que vestía jeans igual de gastados que su camisa, pero le llamo la atención la obvia erección que el señor tenía entre las piernas. El señor se tocaba mientras le veía los senos por el rabillo del ojo. Claudia quitó la mirada y vio la puerta del Hospital Loayza. Qué feo hospital, pensó.

El carro doblo a la izquierda y se metieron por esas calles del centro de Lima al que no muchas personas se atreven a frecuentar a esas horas de la noche. Luego de un par de calles más, llegaron a una cochera. El conductor habló con el vigilante y le dio una propina. Este se le dio un papel y un condón. El estacionamiento era grande y estaba oscuro. Había un par de carros más estacionados. Uno de ellos se movía como si hubiera un pequeño temblor. Cuando el taxista encontró un lugar, puso el freno de mano, bajó el espaldar de su asiento por completo y este procedió a recostarse. Claudia hizo lo mismo con su asiento. El señor se abrió la camisa, su pecho estaba grasoso y lleno de pelos. Claudia lo miraba. Cuando este puso sus manos detrás de su cabeza y cerró los ojos, Claudia empezó a trabajar. Le abrió los jeans y el sexo del hombre finalmente tuvo libertad. No era el pene más sorprendente que ella había visto, pero sí estaba por encima del promedio. Ella se acercó con intenciones de chuparlo. Pudo percibir el olor a sudor que se había juntado de todo el día. Mientras Claudia hacía muestra de su gran experiencia en las artes del sexo oral, el señor se puso muy verbal.

—Te gu’ta mi pinga, puta. Se nota. Qué rico la chupas, perra. Ay, mami.

Claudia ignoró sus comentarios y siguió trabajando. Chupaba lo más rápido que podía para que se acabara rápido. La experiencia no le estaba gustando. El olor nauseabundo que emanaban los testículos del señor era insoportable. Entonces Claudia dio su estocada final para que todo acabe rápidamente. Metió la punta de su lengua por la uretra del pene del viejo y dio tres movimientos circulares. Uno. Dos. Tres. El conductor gimió por última vez y Claudia pudo sentir el asqueroso semen saliendo de este; era más amargo de lo que ella estaba acostumbrada. Se reincorporó, abrió la puerta del carro y escupió todo lo que pudo, incluso hizo un par de arcadas del asco. Inmediatamente, buscó papel higiénico en su diminuta cartera y se limpió la boca. Cuando volteó, vio que el señor se estaba abrochando la camisa. Claudia se acercó y le limpió el pene con el papel higiénico que le quedaba.

—Espero que te haya gustado, papi —dijo Claudia tratando de ser sensual a pesar de su apariencia que representaba casi todo lo opuesto—. Dame el dinero de una vez porque tengo que irme a seguir trabajando. 

—Ta’ bien —dijo el conductor sacando dos billetes de veinte soles de la guantera —. Estuvo muy rico. Siempre estás en esa esquina, ¿verdad? Quizá te vuelva a buscar en estos días —dijo mientras se acomodaba el sexo de vuelta a los jeans.

—Sí, papi. Me buscas ahí no más.

    ***

Los tacos le hacían doler los juanetes. Estar parada toda la noche era algo que solo las valientes pueden lograr. Claudia era uno de ellos. Ella era valiente, una luchadora, una mujer independiente que no necesitaba de ningún hombre para poder salir adelante. Cuando dio a luz a los veinte años y no tuvo el apoyo de su familia ni el de su novio en ese entonces, no le quedó de otra; tuvo que afrontar la vida con todo lo que eso conllevaba. 

Llevar comida a su casa era imprescindible; ya que su hijo se había convertido en un alcohólico. No estudiaba, no trabajaba, no hacía nada en la casa. Claudia mantuvo su hogar desde que fue madre soltera. Siempre le gustaron las cosas fáciles y trabajar era algo que ella veía un poco lejos. No había estudiado y no había hecho nada bueno por la vida, excepto traer un niño al mundo. Quizá muchos pensaban que eso añadiría cosas peores a su vida, y no se equivocaron, pero Claudia siempre pensó que su hijo, Jhonatan, fue una bendición, una prueba que la vida le estaba poniendo para ser una mejor persona. Ella nunca supo si lo que hacía la convertía en una buena persona, pero sí sabía que no era mala. Al menos siempre hacía feliz a los clientes que venían en la noche. 

Esa noche luego de atender al taxista, Claudia regresó a la esquina de donde la habían recogido, donde había conocido a Edel, el niño que le iba a traer una fruna la noche siguiente. Vio a su amiga parada en la esquina del Museo de la Cultura Peruana. Cruzó la pista y se puso a conversar con ella.

— ¿Qué tal? —preguntó Claudia.

—No he podido trabajar hoy. Los serenazgos de mierda me han estado persiguiendo toda la noche —dijo la chica.

—Sí, vi cómo te fuiste corriendo.

—No me parece justo que a ti no te correteen. Por qué solo nos pasa esto a las jóvenes. Tú también estás en el negocio. No me parece justo.

—Mónica, ya sabes cómo es, hija. Yo les puedo decir que solo estoy esperando a mi esposo y no me dicen nada. Además, sabes muy bien que los serenos persiguen a las jóvenes porque quieren servicio de a gratis. Yo ya no les apetezco.

—Aish, al menos deberían estar guapos si quieren servicio gratis. Todos son gordos y serranos feos. 

—Bueno, es lo que hay. ¿Tienes chicle?

—Sí —dijo buscando en su diminuta cartera —, toma.

Esa noche, Claudia tuvo tres clientes más. Ganó ciento sesenta soles. Nada mal para ser un lunes. A las cuatro de la mañana, Claudia regresó a casa. Ella vivía en el Rímac, cerca al grifo que estaba por la Avenida Alcazar. Tomó un taxi en la Avenida Tacna que le cobró siete soles. Claudia subió al carro en el asiento trasero y abrió un poco la ventana para disipar el olor a ambientador barato que el conductor había esparcido poco antes que ella suba, al parecer.

El taxista se apresuró porque sabía que estaba llevando a una prostituta en el asiento trasero. Tenía miedo. Si alguien lo veía iban a pensar que estaba llevándosela para cometer un acto impuro. Una aberración a la vida que él profesaba gracias a las sagradas palabras de la santa biblia. Las luces rojas eran invisibles para él, no siempre, pero esta vez sí. Estaba llevando una puta en su carro. El conductor estaba yendo casi a cien kilómetros por hora, sin respetar las señales de tránsito y pasándose las luces rojas de los semáforos. Pero una papeleta era la menor de sus preocupaciones. Me van a ver. Pero puedo explicarlo. Perdóname, señor por ayudar a las personas de mal vivir. Ellas van a ir al infierno. Yo iré a tu lado, mi señor porque yo soy bueno. Profeso tu palabra y sabes muy bien que esta prostituta no me va a corromper. Dame fuerzas, señor. Sé que esto es una prueba. Lo sé. Lllegando a casa leeré tu palabra y rezaré. Rezaré siempre para que no me niegues la entrada a tu reino.

—Hijo, sé que ya quiere irte a descansar, pero no vayas tan rápido —dijo Claudia —. No quiero morir aún.

—Lo siento —dijo el taxista bajando un poco la velocidad —. Bajo por Alcazar, ¿verdad?

—Sí.

El chofer prendió la radio y sintonizó un programa cristiano que estaba pasando una misa, al parecer muy antigua. «La palabra del señor nos dice: «No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de justicia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia.» Hermanos, tienen que tener presente, que el sexo es una arma de doble filo. Dijo el señor en su palabra que todos los que usen el sexo como arma de placer estarán condenados a las llamas ardientes del infierno. Las prostitutas, los homosexuales, los travestis, las ninfómanas, todas arderán en el fuego del infierno. Hermanos, nunca se separen de la luz, de la palabra, de la protección de nuestro señor Jesús, Aleluya. »

Claudia hacía oídos sordos a la radio. Pensaba en su hijo. Qué estará haciendo el Jhonatan. Ya casi va a amanecer. Espero que esté durmiendo. Voy a convencerlo para que mañana busque trabajo. Le compraré un periódico para que busque. Ay, qué complicado es hacerlo que sea productivo. No sé cómo hacerle. El vehículo se detuvo y Claudia volteó la mirada. El señor se quedó callado, pero ella entendió que ya habían llegado. Buscó unas monedas en su bolso y le pagó la carrera al taxista. Cuando bajó del carro, escuchó que había música saliendo de su casa. Esta era una casa pequeña de un piso que había heredado de su madre cuando murió. No era un lujo, pero sí lo suficiente para poder vivir cómodamente. Las paredes exteriores eran amarillas con varias sombras negras formadas por el polvo de la zona haciendo que la fachada parezca la cáscara de un plátano muy maduro. La única ventana que daba a la calle estaba cerrada y no se podía ver nada hacia dentro por la cortina que estaba extendida. La música se hizo más clara cada vez. «Un matrimonio africano, esclavos de un español, que les daba muy mal trato, y a su negra le pegó» cantaba Joe Arroyo dentro de la casa. Claudia se apresuró en abrir la puerta. La ira nadaba por todas sus venas. Estaba completamente enojada. Este mierda, está haciendo fiesta. Debería ponerse a trabajar. Vago de mierda. Por el apuro, las llaves se le mezclaban en la mano y no podía abrir. ¡JHONATAN, ABRE LA PUERTA! Gritó. «No le pegue a la negra» se escuchaba repetidas veces a todo volumen dentro de su casa. Por fortuna, Claudia pudo meter la llave en la cerradura y abrió la puerta. No había nadie en la sala. La radio estaba prendida como si fuera la media noche y la fiesta recién estuviera empezando. En el centro de la sala había una mesa de centro llena de latas de cerveza. Claudia se dirigió a la radio y la apagó. El silencio instantáneo fue abrumador. Claudia escuchaba un ligero sonido agudo que le había dejado el alto volumen de la música. ¡JHONATAN! Dijo llamando a su hijo. Nadie contestaba. Pero escuchaba un ronquido lejano. Entró por el pasadizo que daba a los dormitorios. El baño estaba sucio, lleno de vómito anaranjado; incluso se podían ver pedazos de papas fritas que no se habían digerido completamente antes de ser expulsados. Claudia estaba enojada. Quería matar a alguien. Se dirigió al cuarto de su hijo. Intentó abrir la puerta y, por suerte, esta estaba abierta. Cuando entró vio a su hijo completamente desnudo echado boca abajo en su cama. ¡JHONATAN! dijo Claudia intentando despertarlo. Él no contestaba. Estaba demasiado borracho para despertarse. Claudia se acercó y el olor a trago emanaba de su cuerpo. Olía igual a varios de sus clientes que la buscaban los sábados a altas horas de la noche. 

Claudia dio un suspiro, salió del cuarto de su hijo y se fue al suyo, se puso el pijama y se recostó a dormir pensando que una fruna no le vendría mal en ese instante.

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