Hombres de negocio #3

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“Cabros de mierda.”

Bruno y Freddy salían de la comisaría porque no pudieron retenerlos. No había motivo alguno más que un rumor y nada de pruebas. Gutierrez y Altamirano fueron los suboficiales que detuvieron a los fletes en la Plaza San Martín. Sus superiores no les hicieron problemas porque no le dieron mucha importancia. Al fin y al cabo, solo querían “asustar a un par de cabritos”, como decía Altamirano.

Cumplida su hora de servicio, Altamirano se dirigió a las duchas.

—¿Qué planes para más tarde? —preguntó Gutierrez.

—Ahí tengo un plan con un pata. —dijo Altamirano.

—Bien ahí con la mariconada.

—Oe, causa más respeto, ah. Yo no soy cabro. Soy un hombre de negocios.

—¿Firme? ¿Vas a remojar el payaso con un hombre?

—Es un cabrito que le gusto y me baja una propina.

—Asu, estás de gigoló, causa. Bien ahí.

—Hay que recursearse. Pero no soy cabro, causa. Esto solo es por plata.

—Como tiene que ser. Ni que fueran germas para cacharlos gratis.

Ambos rieron de forma nerviosa. Altamirano porque sí disfrutaba el sexo con otro hombre y Gutierrez porque era un gay frustrado por su familia.

Altamirano sabía que jugaba con fuego. Ocultaba su bisexualidad tras una transacción monetaria que, de forma casi reconfortante, le decía que no era un cabro más. Porque en Perú no se puede ser bisexual. Te tildan de indeciso o de maricón negado. Porque en este país cucufato, el que se acuesta con hombre inmediatamente se vuelve un marica más. No existe espacio para lo complicada y diversificada que la sexualidad puede llegar a ser. Altamirano sabía esto y prefería seguir disfrutando de las ventajas de ser un ‘hombre heterosexual’.

Camino a casa de Mauricio, el ‘cabrito’ como le decía Altamirano, se puso a pensar en que el dinero fácil se disfruta mucho más que el dinero que implique esfuerzo conseguir. Prefiero venir mil veces a cacharmelo y que este cabrito me mantenga a estar madrugando todos los días para ir a patrullar estas calles de mierda. Ya llevaba casi cuatro años viéndose con el cabrito y siempre lo disfrutó, pero si podía conseguir un poco de dinero al hacerlo, por qué se negaría.

“Hoy llego, le hablo bonito y me lo aseguro por un par de años más. Cabro huevón.”

Altamirano mandó audios por Whatsapp tratando de emocionar a Mauricio hasta que llegara al destino. Hoy vamos a cachar rico, ¿ya, bebé? Me la vas a chupar como a mí me gusta Yo también te la chuparé rico, bebé ¿Qué quieres que te haga? Dime, pues ¿Qué quieres que te haga? Tú eres mi putita Hoy vamos a gozar rico Ya estoy llegando, causa Estoy abajo. Mauricio abrió la puerta desde su departamento y dejó entrar a su hombre de turno. Ese tombito carecojudo que venía a satisfacer sus necesidades carnales y pasionales. Al llegar Altamirano al cuarto donde la heterosexualidad era algo abstracto y confuso, este se echó en la cama no sin antes sacar la pistola que llevaba metida en el calzoncillo. La desarmó y la dejó en la mesa de noche. Mauricio se sentó al costado con la mirada en el celular tratando de no darle mucha importancia a Altamirano. Este hizo lo mismo y empezó a hablar con una de sus flaquitas. Le dijo que estaba en su cuarto, a punto de dormir, y que se sentía cansado por el trabajo. Mauricio perdió la paciencia y trató de empezar la conversación.

—¿Qué te cuentas? —preguntó Mauricio en un intento de romper el hielo —¿Cómo estás?

—Ahí, cholo. Bien. ¿Tú? —dijo desinteresado.

—Pues todo bien. Chambeando, lo de siempre.

Se notaba la tención entre ambos. No se veían desde hace un par de meses. Desde que Altamirano le dijo a Mauricio, de la peor forma, que no quería seguir viéndolo. Ya no quiero estar metido en huevadas dijo el imbécil. Esto causó que Mauricio se distanciara de él. Pero la arrechura le ganó más y lo buscó de nuevo.

Al ver que Altamirano estaba distante, como siempre. Mauricio dejó el celular, se echó a su costado viendo hacia el techo y se quedó esperando. Altamirano dejó el celular junto a su arma en la mesita de noche, meditó un par de segundos, se abalanzó suavemente encima de Mauricio besándolo con esa pasión que solo aparece en las reconciliaciones. Las lenguas trataban de anudarse con movimientos lentos y ambos sentían cómo los vellos de sus cuerpos se erizaban. La sensibilidad de su piel estaba en su más alto punto. Mauricio empujó a Altamirano y se puso encima de él.

—Te he extrañado, huevón —dijo Mauricio

—Yo también.

Mauricio bajó un poco y le lamió las tetillas. Altamirano tembló un poco.

—Trátame como tu germita —dijo Altamirano.

—Qué rico —respondió Mauricio abrazándolo y besándolo mientras Altamirano envolvía el tronco de su compañero sexual con sus piernas a la misma vez que soltaba un par de suspiros en el oído derecho del ahora dominante Mauricio —. Vamos a tirar siempre, ¿verdad? Hasta de viejos.

—Hasta de viejos —afirmó Altamirano con la mirada perdida en los ojos de Mauricio. Fingiendo cruelmente ese amor que los destruiría a ambos.

“Qué mariconada estoy haciendo. Todo sea por la plata, carajo. Pero qué rico la paso con este cabrito.”

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