Hombres de negocio #2

LEE LA PRIMERA PARTE AQUÍ

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“Ocho mil soles. ¿De dónde carajo saco ocho mil soles?”

La hermana de Bruno tuvo un accidente de tránsito un poco grave. Terminó con la pierna derecha y el brazo izquierdo rotos. Ahora estaba en cama y a su mamá no se le ocurrió mejor idea que contratar una enfermera cama adentro. La familia de Bruno insistió en buscar a una enfermera A1 para que la recuperación y el cuidado de Lorenita sean de la mejor calidad. Los gastos de la enfermera los cubrirían todos en la casa, pero Bruno sabía que, como siempre, eso estaba bien alejado de la realidad. Menos mal que la chica que vendría solo se quedaría dos meses. Pero la susodicha esta cobraba ocho mil soles mensuales. Excelente excusa para ponerse a trabajar.

“Puta, ojalá vayan viejos adinerados a la plaza San Martín en estos días para tirármelos bien tirados y que se vuelvan clientes fijos. Esos pagan bien”.

Rumbo a la plaza San Martín, Bruno caminaba escuchando a Taylor Swift por sus audífonos. Las calles del centro de Lima durante el verano siempre fueron bellas. Bruno admiraba los balcones y las lozetas de antaño que se encontraban cerca a la plaza de Armas, mientras su celular ponía su canción favorita:

Me, I was a robber first time that he saw me
Stealing hearts and running off and never saying sorry
.”

Mientras caminaba en dirección a la plaza San Martín, Bruno pensaba en lo suertudo que era. Hasta ahora nunca se había enfermado de nada grave y mucho menos había tenido un accidente como lo tuvo su hermana. Le dio gracias a Dios, recordó que tenía a toda su familia viva. La vida no era tan mala después de todo. Al llegar a su destino, vio sentado, bajo el sol bochornoso de Lima, a Freddy, su gran amigo y colega de trabajo. Ambos eran los mejores fletes de la plaza. Aunque Freddy era conocido por ser más amigable, Bruno se llevaba más clientes porque era un secreto a voces que su miembro viril era una herramienta descomunal que, si no se tiene cuidado, podía causar daños en las entrañas de alguien.

—Hey —dijo Freddy —, ¿qué tal?

—Ahí, sobreviviendo. ¿Tú? ¿Qué haces bajo el sol? Te vas a quemar, huevón.

—No importa, igual necesito un poco de color.

Bruno se sentó al costado de Freddy y esperó al primer cliente del día.

***

Luego de un tercer orgasmo, Bruno estaba agotado. Su cuerpo estaba caliente y el sudor brillaba como si se hubiera puesto aceite encima.

“Este huevón es una perra. Qué bestia para aguantar tanto. Menos mal que me va a pagar bien.”

Se puso su pantalón y se quedó sin polo. Salió al balcón a tomar un poco de aire y que el sudor se evapore. No existe placer más delicioso que sentir el aire recorrer tu cuerpo sudado. Bruno se encontraba en un departamento de San Isidro cerca a El Golf. Desde el piso diez, la vista de Lima adinerada era hermosa. Jardines bien cuidados, edificios de arquitectura moderna, luces tenues, y un ligero aire a mar de vez en cuando. Era un lugar tan perfecto que era aburrido.

—¿Qué pasa, papi? ¿Te gusta la vista del balcón?

—Es bien calmado. No se escucha mucha bulla.

—Si gustas te puedes quedar a dormir. Mi cama es bien grande.

—¿Cuánto me vas a pagar? —preguntó Bruno aprovechando la oportunidad.

—Te doy quinientos soles. Pero hacemos el amor toda la noche. ¿Te parece?

Meditando en la cantidad de dinero que recibiría, asintió con la cabeza. Bruno sacó un troncho de su bolsillo y se lo llevó a los labios, lo prendió y le dio un par de pitadas. El cliente se acercó y se paró a su costado.

—¿Estás bien? Invítame tu weed, pues.

Bruno le dio el troncho y este procedió a fumar un poco.

—¿Por qué quieres que me quede a dormir?

—No tengo nada que hacer mañana temprano, y ya que estás aquí, no veo por qué no.

—¿Tanto te gusto?

—Cachas rico.

—Mmm…, pensé que te gustaba.

—Bueno, claro que me pareces super guapo pero prefiero no decirlo porque luego piensan que me estoy enamorando.

—Nunca usé la palabra ‘enamorando’. Salió de tu boca. ¿Te estás enamorando? Porque me parece raro que alguien me ofrezca tanto dinero por una noche así de fácil.

—Mira —dijo el cliente —, esta es mi forma de ayudarte. Sé lo que pasó con tu hermana y sé que necesitas dinero. Creo que te ayudaría bastante.

Bruno se llenó de vergüenza y rabia.

—¿Cómo sabes eso?

—Me lo comentó tu amigo Freddy hoy temprano.

“Ese conchasumare’. Ya se cagó conmigo.”

—Bueno, no necesito tu dinero. Hablamos, causa.

El cliente le rogó, inútilmente, que se quedara. Bruno se puso el polo blanco que estaba tirado en el suelo cerca a un par de condones usados, se amarró las zapatillas y salió dejando la puerta abierta.

“Ya no puedo contarle mis problemas personales ni a mi mejor amigo. Qué parte de problema familiar no entendió. Por qué chucha le tiene que contar a las perras que nos cachamos. Qué les importa. Bien me dice mi madre que no hay que confiar ni en nuestra sombra. Ya se cagó Freddy. Ojalá que esté en la plaza para meterle un par de puñetes y que no pueda cachar un mes entero.”

Eran casi las once de la noche cuando Bruno regresó a la plaza San Martín, buscó a Freddy en las partes más oscuras cerca al Jirón Carabaya y vio a lo lejos que un policía estaba pidiéndole los documentos. Bruno se acercó con toda la rabia que le invadia. Solo quería golpear a Freddy. El objetivo estaba cerca.

—Señor, sus documentos por favor. —dijo una voz gruesa detrás de Bruno.

Bruno volteó y vió a un policía con la mano reposada en el mango de su pistola. Bruno sacó sus documentos y los entregó al oficial. Este los examinó, sonrió y volvió la mirada hacia Bruno.

—¡GUTIERREZ! —gritó el policía.

—¿QUÉ PASÓ? —respondió el otro oficial.

—¿TIENES AL QUE ESTABAMOS BUSCANDO?

—POSITIVO

—Señor —dijo el policía dirigiéndose a Bruno —, quedá usted detenido por atentar contra la salud y las buenas costumbres.

“Lo último que me faltaba, por la puta madre”.

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