Hombres de negocio #1

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“Qué rico culito, carajo. Los clientes así hacen que ame mi trabajo”.

Luego del segundo orgasmo, Freddy se sentó en la cama, tomó un sorbo de agua de la botella que había dejado en el suelo y empezó a alistarse. El cliente de ese día fue un joven buena gente. Atento, educado, un poco bajito, pero con un rostro bello y tierno. Freddy incluso se sorprendió de lo bien que se movía el condenado. El chico estaba tirado en la cama viendo el techo, perdido en sus pensamientos.

—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —dijo Freddy.

—No te había dicho mi nombre. Soy Erik.

—Un gusto, Erik.

—Eres el primer scort que se porta tan amable conmigo —dijo Erik con una sonrisa que enmascaraba una tristeza que no entendía aún —. La mayoría siempre viene, te cacha y se va sin tener ni un poquito de cortesía.

Mientras se ponía la camiseta blanca con la que había llegado, Freddy inhaló profundamente y se preparó para lanzar una peligrosa pregunta.

—Una pregunta —dijo mientras se sentaba al costado de Erik.

—Dime —dijo mientras seguía con el pensamiento vacío.

—¿Disfrutas pagar por sexo?

Por unos segundos, el mundo se detuvo en la habitación. No se escuchaba el ruido del tráfico limeño, ni los fruteros que pasan vendiendo palta, ni las hélices del ventilador, ni la música del vecino, ni los respiros de ambos.

—No.

—Está bien. Mira, Erik, yo tengo varios años de puto. He conocido a muchas personas y siempre aprendo algo de cada uno de mis clientes. Solo porque me has caído muy bien, te voy a dar un consejo. No tiene nada de malo disfrutar del sexo pagado. Si disfrutas haciéndolo, tienes las posibilidades económicas y no le haces daño a nadie, incluyendo la persona a la que le vas a pagar, pues todo perfecto, es tu morbo y nadie te tiene que juzgar. Pero si lo que te pasa es que estás pagando por sexo porque piensas que no puedes conseguir sexo gratis, estás muy equivocado. Mírate, eres un chico muy guapo, tienes una bonita sonrisa y tus ojos son de galán de telenovela, tú puedes conseguir sexo incluso más fácil que yo. También tienes la amabilidad a tu favor, se nota que eres un buen chico. No te pido que me contestes, y si te he ofendido, lo siento, pero no me gusta ver a la gente sufrir y estoy más que seguro que eso es lo que está pasando aquí.

—Gracias —dijo Erik sintiéndose incómodo y aliviado mientras una lágrima intentaba escaparse de su ojo izquierdo. Agarró una almohada, la abrazó y se echó de costado.

—Suerte, chau —dijo Freddy.

Agarró los doscientos soles de la mesa, los guardó en la billetera y dejó a Erik pensando.

Las calles de Lince en pleno enero quemaban como una olla al fuego. El sudor empezó a apoderarse de Freddy y a este le esperaba una larga caminata hasta la plaza San Martín. Pudo haber tomado un taxi, pero estaba guardando dinero para poder pagarle las quimioterapias a su abuela; que era lo único de familia que le quedaba. Freddy desenredó sus audífonos, los conectó a su celular y se puso a escuchar a Metallica. Caminando despreocupado mientras imaginaba que tocaba la guitarra eléctrica como James Hetfield, le entró una llamada al celular. Era su amigo de trabajo, su colega y compinche: Bruno. Este había llamado a Freddy para decirle que tenía un cliente que quería hacer un trío. Freddy aceptó porque le pagarían el doble y al dinero no se le dice no. Cambio de planes. Destino: Breña.

“Puta mare’, ojalá que Bruno no esté drogado. Se le escuchaba raro. La última vez que nos cachamos a un cliente este huevón estaba pasadazo. Ese huevón siempre se pone jodido, conchasumare’. Todo sea por la abuela. Vamos”.

Luego de unos veinte minutos de caminata acelerada, Freddy llegó al departamento del cliente. Le timbró a Bruno y este salió a abrir la puerta. La cara de su colega estaba llena de sudor y los ojos los tenía rojos.

—¿Has estado fumando hierba? Invita, pe’. ¿No te has metido otra huevada no? Porque cuando te metes otras drogas te pones jodido.

—Un poco de poppers.

—Huevón, tienes los ojos como dos narices de payaso. Estás reventadazo.

—Pasa, idiota —dijo Bruno soltando una risa burlona.

El departamento era amplio y bonito. No se veía lujoso, pero era un buen lugar para vivir. En una de las paredes de la sala, había varios diplomas y certificados. Todos relacionados a medicina. Incluso había un trofeo que, por la simpleza y elegancia con la que lo habían creado, se veía muy importante. El cliente era un cirujano. Freddy reaccionó.

—Oye, ¿esta es la casa de El Platanito —dijo Freddy susurrando —, ¿verdad?

—Sí, me buscó como siempre en la plaza San Martín, pero esta vez me trajo a su jato.

—Chucha, ¿dónde está?

—Me dijo que nos iba a esperar adentro. Está con los ojos vendados y en cuatro, con el culo parado. Bien perrita está hoy.

—¿Qué tal es, ah? Nunca he tirado con él.

—Hay peores —dijo Bruno haciendo un gesto con la boca —, al menos se puede disfrutar si obvias su micropene.

El Platanito era un señor que un par de veces al mes se daba una vuelta por la Plaza San Martín a buscar a Bruno. El tipo era un señor divorciado tres veces. Sus matrimonios nunca funcionaban por desacuerdo de ideas, según El Platanito. Pero la versión que todos imaginaban era que El Platanito no le cumplía a su esposa de turno porque tenía un micropene; estas se llegaban a aburrir y lo dejaban. Claro que esa versión no es oficial, pero es la más divertida. Todos los fletes de la plaza lo conocen y por eso saben de la existencia de tan diminuto pene. El Platanito había pasado por casi todos los fletes de Lima menos por Freddy, hasta este momento.

Freddy entró al cuarto seguido por Bruno. El Platanito estaba en cuatro patas al borde de la cama con un antifaz para dormir. La curiosidad de Freddy pudo más; necesitaba comprobarlo. Se acercó hacia el cuerpo sumiso que reposaba frente a él y, en efecto, El Platanito sí tenía un platanito.

“Qué fuerte debe ser vivir con tan poco ahí. Gracias, Dios. Por dotarme. Amén”.

Freddy se empezó a desvestir y a tocarse el paquete para poder tener una erección. Bruno estaba atento a su celular. Algo le preocupaba.

—Apúrense, nenes —dijo El Platanito —. Que me estoy aburriendo.

—Ahorita te agarramos a vergazos —dijo Freddy —. No te nos desesperes.

—Ah, eh, Platanito —dijo Bruno muy preocupado.

—¿Qué pasa, papi? —respondió El Platanito.

—Acabo de tener un problema familiar y no me voy a poder quedar. Te dejo acá con mi causa Freddy, pues. Sorry.

—Está bien, pero dile que le pagaré la mitad. Porque ya no será un trío.

Bruno miró a Freddy pidiendo ayuda y este asintió.

—Ya, Platanito. Mi pata se queda. Te prometo que te va a hacer una buena chamba. No más no me vayas a cambiar, ah.

—No, papi. Ve con cuidado. Espero que todo salga bien. Cuídate.

Bruno se lavó la cara en el baño, se terminó de vestir, se despidió de Freddy con un abrazo y salió apresurado. Habían atropellado a su hermana en Miraflores, la estaban operando de emergencia.

“Por la puta madre, hermanita. Todo va a salir bien, sé fuerte. Ya estoy en camino”.


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