激怒 (gekido)

Viktor Vasnetsov, “Sirin and Alkonost Birds of Joy and Sorrow” (1896)

Las matracas empezaron a sonar tras el último bordón de la guitarra que dio fin a la resbalosa que Julio interpretó bailando. Martín esperaba a un costado del escenario en un lugar denominado “túnel de parejas” mientras le ponían el puntaje a su eterno rival. El presentador anunciaba los puntajes de las primeras dos parejas y Martín deseaba que Julio sea eliminado en la primera etapa del concurso.

—Puntaje para la pareja doce —dijo el presentador —, señores miembros del jurado. Levantar las paletas en mano, por favor. Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco. Veinticinco puntos. Muchas gracias, parejas.

Martín se llenó de rabia al ver que Julio, su eterno contrincante en los concursos de Marinera Limeña, había obtenido el puntaje perfecto. Viendo la sonrisa de oreja a oreja impregnada en el moreno rostro de Julio y la barra de sus amigos, Martín se decidió a sacar lo mejor de él en la pista de baile. No podía dejar que su adversario ganase esta vez. Llevaba años tratando de vencerle, pero nunca pudo hacerlo. Ambos eran buenos bailarines; los mejores de su categoría según muchos. Era el momento de Martín para entrar a la pista de baile. Julio se dirigía al túnel de parejas para poder salir del escenario puesto que este era el único acceso a este.

—Oye, suerte. La vas a necesitar —le dijo a Martín dándole una palmada en el hombro izquierdo en son de burla.

—No le hagas caso, Martín —dijo Jose, una hermosa mujer piel canela que era la pareja de baile de Martín —. Solo lo hace para que te desconcentres.

Martín se llenaba de adrenalina y fingió no sentirse afectado por el comentario de Julio.

—Pista uno: pareja número cincuenta —anunciaba el presentador —. Pista dos: pareja ciento cincuenta y cuatro. Pista tres: pareja veintiuno.

Martín y Jose entraron a la pista tres fingiendo una sonrisa y caminando con el pecho inflado. Se plantaron uno al lado del otro y el bordoneo de la guitarra empezó marcando el inicio de una marinera en menor. Bailaron la marinera atinándole a cada tiempo y marcación que dictaba la música. En la resbalosa, Martín dio a lucir sus mejores pasos para poder igualar el puntaje perfecto que Julio había conseguido hace unos instantes. Al termino de las fugas, empezaron con los puntajes. Las parejas de la pista uno y dos sacaron dieciocho y veinte respectivamente. Era el momento de Martín y Jose.

—¡VAMOS, MARTÍN! —gritó Julio desde algún lugar del público.

Martín rastreó con la mirada a Julio y pudo ver cómo este lo observaba con malicia y guaso mientras disfrutaba de un vaso de cerveza.

—Puntaje para la pareja veintiuno, señores miembros del jurado. Levantar las paletas en mano, por favor. Cinco, cinco, cinco, cinco, cuatro. Veinticuatro puntos. Muchas gracias, parejas.

—¡BUENA, MARTÍN! —volvió a gritar Julio.

Martín bajó del escenario apresuradamente asimilando que Julio le llevaba la delantera por un punto. Ambos habían pasado a la semifinal, pero Martín no quería eso. Él sabía que de todas maneras pasaba a la semifinal, incluso sabía que llegaría a la final junto a Julio, pero este le iba ganando por apenas un punto. Cuando salió del túnel, Martín se aflojó la corbata, se quitó el saco y se desabotonó el chaleco. No se dirigió al público porque no quería hablar con nadie. Salió del local donde se estaba llevando a cabo el concurso de Marinera Limeña y se fue en dirección a la cochera a esconderse en su carro. Subió al volante, abrió la ventana y prendió un cigarrillo. Su respiración se aceleraba y la IRA lo consumía. Sus ojos se aguaron, soltó un grito y le dio unos cuántos golpes al timón. Se quedó ahí pensando en qué debía mejorar para derrotar a Martín en la etapa semifinal. Su celular empezó a sonar. Era Jose llamándole para preguntar dónde estaba. Martín solo atinó a decirle que le avisara cuando estén llamando a las parejas semifinalistas. Se quedó en silencio por un rato y, a los minutos, vio que Julio se acercaba a él con una pequeña botella de cerveza en la mano. Martín trató de ignorarlo, pero sabía que este venía a hacerle el habla. Julio llegó y se asomó por la ventana del copiloto.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó Julio sabiendo muy bien que Martín se ponía muy competitivo en los concursos de Marinera.

—¿Qué quieres, Julio? ¿No deberías estar calentando con Marcia?

—No, hemos ensayado constantemente la última semana y estamos decididos a ganar. Más bien creo que los que deberían estar practicando son Jose y tú.

—Entonces lárgate que quiero estar solo —dijo Martín clavándole la mirada a Julio.

—Oye, pero no te pongas así. Esto solo fue la eliminatoria. Ninguno de nosotros sabe lo que pueda pasar en la semifinal.

—No me vengas con cojudeces, huevón. Sabes que siempre vas a tener preferencia con los jurados solo porque eres negro y a ustedes los jurados siempre les tienen favoritismo.

—Mierda, ahora me resultaste racista —dijo Julio entre risas—. Sabes que yo saco buenos puntajes por mi buena técnica de baile y el sabor que le pongo a mi Marinera. No me parece justo que pienses que me la llevo fácil solo por ser negro.

—Tú y yo tenemos el mismo nivel de baile y yo siempre saco un punto menos que tú. ¿Qué te dice eso?

—Eso solo me dice que eres un conspiranoico de mierda —dijo Julio alejándose del carro de Martín.

—Vete a la mierda, imbécil. Vamos a ver si llegas a la final hoy —dijo Martín amenazantemente sacando la cabeza por la ventana del piloto mientras Julio se marchaba levantándole el dedo medio.

***

Para la semifinal pasaron nueve parejas. Entre ellas estaban Julio con Marcia y Martín con Jose. Con la adrenalina invadiendo sus venas, los participantes esperaban ser llamados a la pista de baile. Esta vez, Julio y Martín bailarían en la misma tanda. No se dirigieron la palabra mientras bailaban las otras seis parejas porque estaban concentrados en pasar a la final donde la verdadera competencia se daría. Luego de la segunda tanda, ya había una clasificada a la final que había obtenido veinticinco puntos. Los otros dos lugares tenían que ser de Julio y Martín.

—Señores miembros del jurado —anunció el presentador —, última tanda semifinal de la categoría adultos. Pista uno: pareja número treinta. Pista dos: pareja número doce. Pista tres: pareja número veintiuno.

Los bailarines entraron al escenario esbozando sonrisas mientras las barras hacían bulla apoyando a sus favoritos. Se plantaron cada uno en sus respectivas pistas y la guitarra empezó con una marinera en mayor. Al ritmo de un trílala, los bailarines daban lo mejor de sí. Enamorando, coqueteando, la tanda de baile estaba muy reñida. Al final de la Marinera, llegó la resbalosa y las tres parejas de baile sacaron sus mejores pasos para poder llegar a la tan esperada final. Martín usaba hábilmente la melodía que ponían los cantantes para mostrar sus pasos mientras que Julio se enfocaba más en las marcaciones de la guitarra. Al terminar la resbalosa, con pañuelos arriba y el rostro lleno de sudor, las parejas terminaron su baile.

—Señores miembros del jurado, puntajes para la última tanda de la etapa semifinal categoría adultos —anunció el presentador —. Pista uno, pareja treinta: Cinco, cuatro, cuatro, cinco, tres. Pista dos, pareja doce: Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco.

Julio volteó a mirar a Martín lanzándole una sonrisa de burla.

—Pista tres, pareja veintiuno: Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco.

Martín volteó a mirar a Julio y le devolvió el gesto burlón. Las tres parejas se retiraban del escenario y al salir de este, Martín agarró del brazo a Julio.

—Ven conmigo —dijo Martín.

—¿Qué pasó?

—Tú ven. No digas nada.

Julio le siguió la corriente. Martín lo llevó hasta la cochera y cuando llegaron a esta, sacó su cajetilla de cigarros.

—¿Quieres uno?

—No —dijo Julio —, sabes que no fumo. Para qué me has traído aquí.

Sin decir palabra alguna, Martín arrinconó lentamente a Julio hacia la pared.

—¿Qué tienes, huevón?

Completamente callado, Martín pasó su mano derecha por la parte izquierda del cuello de Julio y apoyó su mano contra la pared. Estaban tan cerca que podían oler todo el sudor que aún botaban por el baile que habían realizado hace unos instantes.

—Mira, Julio. Solo te quiero decir una cosa. Si me ganas en este concurso, te va a pasar algo que no te va a gustar.

—Asu, ahora me amenazas. ¿Quién mierda te has creído? —dijo Julio entre risas.

—No me creo nada. Sé que me tienes hartas ganas; y si campeonas hoy, este pechito jamás será tuyo.

Martín se acercó más a Julio y procedió a darle un beso. Julio no puso resistencia; es más, le respondió el beso. Los vellos de ambos se erizaron y el mundo parecía una ilusión por unos instantes. Martín se separó de él, le dio una sonrisa y botó su cigarrillo al suelo.

—¡Maricón hijo de puta! —dijo Julio al mismo tiempo que le tiró un puñete en el estómago a Martín —Conmigo no te confundas, huevón. Ya te jodiste. Martín cayó al suelo sin poder respirar bien y estando indefenso recibió dos patadas más en el mismo lugar. Jadeando del cansancio, Julio se alejó y se fue hacia el concurso. Tirado y adolorido en el suelo, Martín pensaba que su plan había salido a la perfección. “Esto lo va a distraer. No hay forma que él gane hoy. Sino lo mato a ese imbécil”, pensó.

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