色欲 (shikiyoku)

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Nunca pude superar esta adicción. Ahora, en mi lecho de muerte, no tengo otro sentimiento más que el arrepentimiento. Qué horrible forma de agonizar. Siempre pensé que arrepentirse de tus actos, si no le has hecho daño a nadie, era lo más estúpido que una persona puede sentir. Mis actos no le hicieron ninguna maldad a nadie, solo a mí. Me quedan pocos minutos de vida y lo único que tengo en la cabeza son todas esas decisiones de mierda que pude haber tomado si hubiera usado un poco el cerebro.

Desde que tuve uso de razón, fui una niña muy coqueta. Incluso mi nombre despertaba ese deseo sexual que tanto distrae a los hombres. Lolita. Sí, así en diminutivo me bautizaron mis padres. No saben la vergüenza que me daba presentarme a un trabajo y decirles mi nombre. Destinada a tener una vida llena de experiencias sexuales por este nombre digno de una actriz porno; desde muy niña, perdí mi virginidad. A los ocho años, tuve mi primer encuentro sexual con un amigo del colegio. A los diez, un señor me contactó por esas líneas telefónicas para conseguir sexo, pero el muy idiota no se atrevía a tocarme. Lo único que le gustaba hacer era besarme la frente mientras se masturbaba. A los once, un policía soltero, y a punto de cumplir cuarenta, me sedujo, y yo, como una reverenda cojuda, caí en su trampa. Tuvimos sexo en la casa de mis padres. Lo bueno era que su pene fue uno de los mejores que he podido probar. A los doce años, ya había tenido encuentros sexuales con la mitad de mis compañeros de la escuela secundaria. A los quince, todo mi salón de clases, incluidas mujeres, me habían tirado. Creo, incluso, que alumnos de otros salones también pasaron por entre mis piernas.

Cuando salí del colegio, me dediqué al teatro. Me gustaban mucho las artes escénicas. Practiqué teatro muchos años de mi vida. Fue ahí donde conocí a Martín. Él era un chico hermoso. Tenía un cuerpo escultural marcado por las tantas horas que se las pasaba en el gimnasio y, la cereza del pastel, unas nalgas que provocaban morder. Los mejores orgasmos que he tenido han sido gracias a él. Puedo ser honesta y decir que entre los dos hubo algo más que deseo, pero amor no. El amor es un sentimiento que nunca experimenté y, por eso, también me arrepiento ahora que estoy muriendo y el tiempo para experimentar nuevas cosas ya se agotó.

El mejor día de mi vida, o quizás el peor ahora que lo pienso bien, lo pasé con Martín. Eran las diez de la mañana cuando recibí un mensaje suyo. En este, me estaba invitando a desayunar o almorzar en su casa. Mi adicción a su cuerpo era tal, que no me hice esperar. Estuve en su cuarto en menos de media hora. Cuando entré, no me dijo “hola”; en cambio, me dio un largo beso mientras manoseaba mis senos. Sin movernos de esa posición, de pie, poco a poco fue quitándome la ropa. Me quitó las bragas, metió dos de sus dedos en mi sexo y empezó a masajear mi punto G. Algo que siempre me gustó de Martín era que primero me hacía gozar y luego se encargaba de su propio placer. Él empezó a lamer mi vagina como si no hubiera una mañana. Martín disfrutaba sopearme tanto como yo disfrutaba chupándosela. Así pasaron unos veinte minutos en los que pude venirme dos veces. Luego follamos como conejos por una hora seguida. Él se vació dos veces esa mañana y yo, quizás, unas siete u ocho veces.

Ese mismo día, Martín me propuso ir a un sauna para relajarnos del revolcón que nos dimos. Yo, siendo tan sumisa con él, acepté. En este sauna de tres pisos, la atracción principal era la cámara seca. Esta era un cuarto grande donde podían entrar unas treinta personas cómodamente. Martín y yo nos desnudamos, dejamos nuestras cosas en un casillero que nos asignaron al entrar y nos dirigimos a la famosa cámara seca. Hombres y mujeres estaban completamente desnudos ahí dentro. Al verme entrar, todas las miradas eran para mí. Todos los hombres, y muchas de las mujeres, querían tocarme. Se les notaba en las miradas. No pasaron más de diez minutos para que Martín entablara conversación con una mujer de cabello castaño, senos pequeños pero redondos y una voz angelical. Al mismo tiempo, un tipo que estaba a mi costado, del que no recuerdo su nombre, me comenzó a tocar la pierna. Me dejé llevar y, en respuesta, le toqué los brazos fornidos que me llamaron la atención. Martín al ver esto, no pudo controlar su excitación. Pude notar una enorme erección entre las piernas de varios de los hombres en la cámara seca donde nos encontrábamos. Martín me agarró la mano, la puso en su sexo y empezó a besarme el pezón izquierdo. El hombre que me tocaba la pierna, me lengüeteo el cuello con una pasión tan grande que me hizo sentir como si estuviera dentro de una película porno. Un par de chicas se acercaron y comenzaron a hacerle sexo oral a mis dos hombres. Eventualmente, todas las personas que estábamos en ese cuarto armamos un festín sexual digno de una fiesta del emperador romano Calígula. Esta fue la primera de muchas orgías. Nunca la sentí extraña ni diferente. Me parecía de lo más normal. Puedo decir, incluso, que lo disfruté en exceso. Me gustó tanto que volví a ese lugar varias veces en el transcurso de media década.

Años después, en un obra de teatro en la que estaba participando, algo salió mal. Varias personas olvidaron sus diálogos y el director estaba botando humos. Al final del evento, el director fue a mi camerino, me tiró una bofetada y me echó la culpa de todas las desgracias ocurridas esa noche. Metida en ese hoyo depresivo, no tuve más remedio que recurrir a mi única droga: el sexo. Llamé a Martín, que había dejado de practicar teatro, para encontrarnos en mi casa. Le dije que invitara a varios hombres para que me posean al mismo tiempo. Tenía la necesidad de sentirme poseída por varios penes. Lo necesitaba. Era eso o llorar toda la noche; y si hay algo que siempre he detestado es llorar. Unas horas más tarde, Martín llegó con siete chicos que había contactado por Internet. Todos empezaron a besarme por todas partes. Mi espalda, mis labios, mis piernas, mis nalgas, mis senos. Todas estas partes sentían los besos que se iban repartiendo aleatoriamente. Martín se sentó desnudo en el mueble y no participó esa noche. Solo se dedicó a observar y a tocarse el sexo. Los siete hombres extraños se desnudaron y me obligaron a que les practique sexo oral. Me usaron como una esclava. Yo estaba en las nubes, amaba que me sometieran a sus más bajos instintos. Me penetraron dos hombres a la vez, luego tres, y así se turnaban para darme placer sin descanso. Luego de unas dos horas, terminamos de mi forma preferida: Abierta de piernas y los demás haciendo cola para que eyaculen en mis tetas o en mi abdomen uno a la vez. Cuando los siete hombres estaban muertos del cansancio, Martín me llamó y me dio un fuerte beso para luego levantarse y botar todo su semen en mi lengua. Fue una de las noches más placenteras de mi vida.

Los años pasaban y mi vida se balanceaba entre el arte y el sexo. Me sorprende que nunca me llamó la atención dedicarme a ser una estrella de contenido adulto. No le veía la gracia. Pero toda esta vida de placeres mundanos y éxtasis efímeros que disfrutaba a diario me pasaron factura eventualmente. Conforme pasaba el tiempo me sentía más y más débil.

Hace un par de años, empecé a perder peso desmesuradamente. Me faltaban energías para hacer cualquier cosa. No quería trabajar, no quería estudiar, no quería comer. No podía hacer nada. Luego empezaron a salirme unas manchas por todo el cuerpo que me causaban un dolor fuerte. Mi cuello y mi ingle comenzaron a deformarse por unas bolas que se hincharon dentro de mí. Tenía miedo de ir al doctor. No podía hacer eso. Sabía que estaba enferma. No sabía qué era, pero tenía miedo de lo peor. Martín me había abandonado y ninguna de las personas que conocí sexualmente se molestó en darme alguna llamada. Lo que sea que tenía, estaba avanzando vorazmente.

Un lunes por la mañana me armé de valor y pedí un taxi para que me llevara de emergencia al hospital. Me cubrí con mi mejor abrigo, un chullo de lana y una bufanda para que no vieran las manchas y bolas que me habían salido en el cuerpo. Me esperaba lo peor. Sabía que tenía cáncer. Esto que me estaba deformando el cuerpo era esa maldita enfermedad que mata tantas vidas a diario. Aún recuerdo la conversación que tuve con el doctor cuando llegué al hospital:

—¿Hace cuánto tiempo tiene estas manchas negras en la piel?

—Hace un par de meses, doctor.

—Y ¿las protuberancias que tiene en el cuello e ingle?

—Esas las tengo hace tiempo. No recuerdo exactamente hace cuánto.

—¿Siempre ha sido así de delgada?

—No. Empecé a perder peso bien rápido en este último año. Pero creo que es porque no estoy comiendo bien.

—¿Es activa sexualmente?

—Sí, doctor. Desde muy niña.

—Bueno, señorita Lolita. Al parecer este es un caso avanzado de SIDA.

—¿Qué me está diciendo, doctor? Esa enfermedad solo le da a los maricones.

—Eso es lo que millones de personas piensan. Es por eso que gran cantidad de pacientes con esta enfermedad son bisexuales o heterosexuales. Los gays han aprendido a cuidarse de esto con el paso de los años. Igual, tenemos que hacerle exámenes de sangre para confirmar que tiene SIDA.

—Está bien.

Efectivamente, me diagnosticaron SIDA. No VIH. Si hubiera ido al doctor a tiempo, quizá me hubiera salvado. Pero ya estaba en etapa SIDA y demasiado avanzada. Mi sistema inmunológico era prácticamente inexistente y cualquier tipo de bacteria o virus que entrara a mi cuerpo me podía matar. Para agregarle una raya más al tigre, también salí con resultado positivo en hepatitis C. Y para cerrar con broche de oro, esas manchas negras que me habían salido en la piel eran un tipo de cáncer llamado Sarcoma de Kaposi. Empecé a tomar los medicamento adecuados, pero con el síndrome tan avanzado, no había nada que pueda hacer, mas esperar la hora de mi partida.

Ahora en esta cama de hospital, solo puedo pensar en la miserable vida que tuve. Me arrepiento. Quiero morir y volver a nacer. No tendría esta vida llena de LUJURIA y desenfreno. Nadie ha venido a verme morir. Tantos amantes para al final irme de este mundo sola. Ni un amigo viene a ayudarme. Mis familiares brillan por su ausencia. Solo me queda partir.

2 comentarios sobre “色欲 (shikiyoku)

  1. Un exceso de trato sexual descontrolado y todo llega. Lleva razón el médico. Los gays llevamos el miedo dentro de nuestro cuerpo y hemos escarmentado con los que nos han precedido, ahora somos más precavidos, pues siempre tenemos uno a quien amábamos que por descuido cayó y nos dolió. Es una pena que tengamos que aprender de las malas experiencias que son torpes y necias, e ignorar las buenas que son más sabias y eficaces.

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