暴食 (Boushoku)

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Un viernes gris de esos en los que el sol se encuentra escondido y el bochorno simula el calor de la mismísima casa de Belcebú, un hombre no sabía que iba a morir ese día. Como la mayoría de peruanos, Jorge amaba la comida peruana; sobre todo los postres. ¡Ay, los postres de Perú! Tan deliciosos al paladar y tan peligrosos como un ninja.

El postre favorito de Jorge era el Arroz con leche que siempre comía al terminar de trabajar. Usualmente, este era acompañado de mazamorra morada, o algún buñuelo grasoso. Jorge comía esto religiosamente, todos los días sin excepción, un poco antes de las seis de la tarde. Luego, al llegar a casa se distraía viendo alguna que otra serie en la televisión mientras comía un balde de palomitas de maíz con mantequilla añadida. Si se encontraba de ánimo, Jorge devoraba una pizza entera el solo. Una noche, incluso, se dio un festín de dos tacos llenos de ají. Por las mañanas, los huevos fritos y el pan con palta eran infaltables; siempre acompañados de un jugo azucarado o un café negro repleto de azúcar. En los almuerzos, la comida chatarra era lo común; sobretodo el Pollo a la brasa, que era una de las opciones más frecuentes; ya que, trabajando en una zona tan comercial de San Isidro, las pollerías se encontraban muy cerca unas de otras. ¡Qué delicioso es comer!, pensaba Jorge al terminar algún plato de comida.

Este viernes maldito, Jorge terminaba su jornada laboral como un día cualquiera. La vida le sonreía, y en lo único que pensaba era en llegar rápidamente a la esquina para poder comprar el Arroz con leche que él tanto amaba, casi como a su propia madre. Al llegar la hora de salida, Jorge apresuró el paso, se despidió de sus colegas y salió al encuentro de su dulce potaje. Llegó a la esquina en no menos de dos minutos y compró su porción de Arroz con leche y un par de buñuelos rellenos de manjar. No aguantando las insaciables ganas de probar el espeso potaje, tomó un poco del dulce arroz con la pequeña cuchara de plástico que le había proporcionado el vendedor. Se la llevó a la boca y pudo sentirse en el paraíso. Jorge encontraba en los postres lo que los drogadictos encuentran en esas drogas sintéticas que tanto daño hacen al igual que el azúcar. Luego vino otra cucharada, y otra, y así hasta dejar el plato casi relamido. Para ahorrar tiempo, los buñuelos se los llevó en una bolsa para comerlos después.

Camino a casa, Jorge disfrutaba escuchando música criolla. Con los audífonos puestos y Lucha Reyes dejando en claro que marcaría la frente de su amado con sangre de sus venas para que todos lo respeten incluso con la mirada, Jorge echó a andar. Para disfrutar mejor los melodiosos bordones de guitarra de los valses criollos que siempre lo acompañaban en sus trayecto a casa, Jorge gustaba de caminar por calles desoladas y un poco oscuras que le permitieran escuchar música con más claridad. A mitad del camino, entró a una bodega y compró una gaseosa para acompañar los buñuelos que llevaba en la mochila. No desaprovechó la oportunidad de comprar una bolsa de nachos y un par de chocolates. Unos cuantos pasos más allá de la bodega, Jorge se topó con el comienzo de su propio fin.

—¡Arriba las manos, mierda! —gritó un hombre que con pistola en mano y montado en una motocicleta negra amenazó a Jorge sin temor a que alguien llame a la policía.

—Qué…¿Qué pasa?

—Arriba las manos, conchetumare’.

Unos segundos después, un carro de lunas polarizadas apareció a toda velocidad y se detuvo justo detrás de la moto. Dos hombre encapuchados bajaron del carro y sacaron sus pistolas. Tomaron a Jorge de los brazos y lo subieron al coche. Dentro de este, le taparon la cabeza con una bolsa de tela negra y le apuntaron con la pistola en la sien para que deje de moverse.

—Yo no tengo dinero ¿Por qué están haciendo esto?

—Cállate. Típico mortal capitalista que piensa que todo se arregla con dinero. No queremos tu plata, hijo. Te vamos a matar. Te lo mereces —dijo el que conducía el carro.

—Pero no he hecho nada. Suéltenme, por favor —dijo Jorge con voz temblorosa.

—Pobre de ti que te orines, hijo de la gran puta. No seas maricón —amenazó el otro hombre que le estaba apuntando a Jorge con un arma en la sien —. Si nos manchas la caña con pichi, te disparo aquí mismo al estilo Pulp Fiction.

Los dos secuestradores encapuchados rieron y Jorge se sentía más confundido que cuando estaba estudiando para aprobar un examen de finanzas en la universidad que tantos buenos recuerdos le traía. Luego de un par de horas en el carro, llegaron a su destino. Jorge no podía ver nada porque tenía la cabeza tapada. El tipo de la moto y el que lo tenía amenazado con un arma, lo hicieron bajar del automóvil. El que conducía el carro bajó y entró primero a la casa. Jorge se dio cuenta que estaba en algún pueblo joven porque el suelo no estaba asfaltado y el aroma a tierra se percibía fuertemente. Entraron a lo que parecía una casa abandonada por el olor a animal muerto que emanaba de esas cuatro paredes. Jorge escuchó que abrían un candado cerca a él, inmediatamente se escuchó un chirrido espantoso que más parecía algún efecto especial barato.

—Caminando, gordito.

Le hicieron bajar unas escaleras y a la mitad de estas, Jorge se dio cuenta que ese lugar iba a ser el último que vería, si es que le llegaban a sacar la bolsa de tela negra que no le dejaba ver nada. El miedo se apoderó de él y sintió un líquido caliente que descendía por su pierna. Junto a eso, sus ojos empezaron a soltar lágrimas.

—Por la conchasumare’. Asqueroso de mierda —dijo el hombre que lo acompañaba para inmediatamente empujarlo por las escaleras.

Jorge rodó por las escaleras de cemento y terminó de cara en el suelo. La bolsa de tela salió disparada y una de las mejillas de Jorge empezó a sangrar.

—Eso te pasa por cochino, huevón.

—¿Por qué hacen esto? Yo no les he hecho nada. Nunca me meto en problemas. Por favor no me maten —dijo Jorge llorando como un niño.

—Yo no puedo decirte nada. Esperarás a que llegue el padre.

Esto confundió más a Jorge. ¿El padre?, pensó. El criminal seguía apuntándole con una pistola y le ordenó que se sentara en una silla que se encontraba exactamente en el centro del sótano. Lo ató con unas cuerdas gruesas y le tapó la boca con cinta plateada.

—Ni trates de zafarte, porque yo fui boy scout de joven y créeme que estos nudos no los vas a poder desatar. Ya nos vemos, loquito. Que tengas buen viaje.

El tipo subió las escaleras y Jorge pudo escuchar una conversación ininteligible a lo lejos. Pocos minutos después, vino el hombre que manejaba la moto con una mesa, un mantel rojo y blanco y unos cubiertos. Si Jorge estaba confundido, ahora no entendía nada. Le habían armado una mesa como si le fueran a servir la cena. Lo dejaron solo un par de minutos más y luego entró el secuestrador que iba manejando el carro vestido de cura. En sus manos llevaba la biblia, una botella que parecía que tenía agua bendita, y un plato de metal pintado. Detrás de él, venían los otros dos cargando una enorme y pesada olla. Se posicionaron frente a Jorge. El cura dejó el plato en la mesa que tenía el mantel, y los otros dejaron la olla en el suelo. Esta estaba llena de Arroz con leche. Jorge temblaba y no sabía qué pensar. Le quitaron la cinta plateada de la boca y Jorge finalmente pudo hablar.

—¿Qué mierda están haciendo?

El cura caminaba cerca a las paredes murmurando, aparentemente, algún rezo mientras botaba el agua bendita por el suelo dejando un rastro con esta. Así continuó por todo el sótano hasta llegar a Jorge. Le tocó la frente haciéndole la señal de la cruz y le salpicó un poco del agua bendita.

—Explíqueme qué está pasando, huevón.

—Cállate, imbécil. ¿No ves que el padre está santificando el lugar? Más respeto o te reviento a balazos.

—No hay necesidad de usar armas. Tenemos que empezar esto ya. Tengo cosas importantes que hacer más tarde.

—Disculpe, padre —dijo el secuestrador.

—Primero, lo primero: Padre nuestro, que estás en el cielo —empezó a orar el cura —. Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino…

Luego del padre nuestro, siguió el ave María y el credo. Jorge miraba atónitamente a todos y no sabía que decir, no sabía qué estaba pasando, ni por qué estos locos lo habían atrapado en ese sótano. Luego de estas tres oraciones, los que habían traído la olla sirvieron un plato enorme del Arroz con leche y lo pusieron frente a Jorge. El plato botaba humo; estaba totalmente caliente como si recién lo hubieran cocinado. Uno de ellos se puso a su costado y tomó la cuchara preparándose para lo que sea que fueran a hacer.

—Vedme aquí —dijo el padre —oh, dulcísimo y buen Jesús. Que postrándome a vuestra presencia os ruego y suplico, con el mayor fervor de mi alma, os dignéis imprimir en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero arrepentimiento de mis pecados y propósito firmísimo de la enmienda. Mientras que con gran fervor de espíritu y de dolor, considero y contemplo con la mente vuestras cinco llagas. Teniendo presente lo que vos, oh buen Jesús, decía ya, poniéndolo en vuestros labios, el santo profeta David: “Taladraron mis manos y mis pies y contaron todos mis huesos.”

—¡Paren todo esto! ¿Qué chucha les pasa? Yo no les he hecho nada.

El secuestrador que tenía la cuchara en la mano, empezó a alimentar a Jorge con el Arroz con leche. El dulce postre tenía buen sabor, pero quemaba como agua hirviendo. Jorge comía porque el otro hombre le apuntaba con el arma. El miedo y la confusión se habían mezclado de tal forma que Jorge, inconscientemente, había aceptado su desafortunado destino. El secuestrador le seguía dando ese dulce peruano que Jorge tanto disfrutaba por las tardes. Incluso este que estaba comiendo a la fuerza tenía un sabor estupendo. El secuestrador empezó a darle las cucharadas más rápido y no lo dejaba masticar ni poder tragar.

—Cuidadito con botar algo. Te lo tragas todo, huevón. Hoy comes hasta que revientas, cojudo. —dijo el hombre que estaba dándole el Arroz con leche a cucharazos.

—Alma de Cristo, santifícame —prosiguió el cura —. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, purifícame. Pasión de Cristo, confórtame. Oh buen Jesús, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a ti. Para que con tus Santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén.

Jorge ya había terminado el primer plato, pero le sirvieron otro más. El secuestrador seguía metiéndole el Arroz con leche sin esperar a que Jorge tuviera tiempo de tragarlo. La cara de Jorge se puso tan roja como una manzana. Qué tristeza morir un viernes. Infelices los que mueren en fin de semana porque no podrán gozar de sus últimos días libres. Jorge pensaba que esto era alguna especie de secta y él había caído aquí por algún accidente. La garganta le estaba ardiendo por el Arroz con leche que aún estaba caliente. Acabó el segundo plato y, antes que alguien diga algo más, el hombre encargado de que Jorge se coma todo sirvió otro plato más. Y así siguió, y siguió dándole ese dulce que Jorge tanto amaba. Aunque faltaban los buñuelos, la desdicha de Jorge era que nunca se había puesto a pensar en lo dulce que sería su muerte. No esperaba morir así, tan joven.

—Padre, en esta hora y por propia voluntad —comenzó a orar el padre nuevamente — me entrego a ti. Ofrezco a ti mi cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a ti. Padre santo, saca también de mi mente todo apetito excesivo y toda ansiedad, compulsión y fijación de mi mente en la comida. Te entrego todo pensamiento, todo desenfreno, toda adicción, toda compulsión por la comida. Los llevo ahora a tu presencia, Señor Jesús. Ven ahora —Jorge tenía la boca llena de comida y ya no podía más. Sentía que iba a reventar —, Espíritu Santo de Dios y llena toda mi casa interior y no permitas habitar allí nada que no sea bueno para mi cuerpo. Tómame y satúrame por completo. Suplico que permanezcas en mí. Satura mi mente y desaloja a la GULA…

Fue en ese momento que Jorge entendió todo.

—Estos hijos de puta me quieren matar por cometer gula —pensó Jorge sin esperanza alguna y sin poder respirar apropiadamente porque tenía la faringe y el esófago atorados de Arroz con leche. La toz hacía que botara parte de la comida, pero, inmediatamente le volvían a poner más comida.

—…suplico que no permitas que yo me aleje de ti —seguía el padre orando —. Enséñame, ayúdame y sáname. Amén.

Jorge apenas podía ver. Los ojos se le habían llenado de puntitos que parecían estrellas y estas se movían. Jorge sabía que no iba a salir vivo de ahí. El padre se acercó, le agarró la cabeza y rezó un Padre nuestro, un Ave María y un credo. Le salpicó la poca agua bendita que le quedaba y esta le entró a los ojos dejándolo ciego por unos segundos.

—Hijo, la gula es un pecado capital imperdonable. Es mi misión eliminar estos pecados de la tierra. Siento mucho lo que le estamos haciendo a tu cuerpo. Por eso te pido perdón —decía el padre macabramente mientras los secuestradores seguían atragantándolo con el Arroz con leche —. Eso sí, ten en cuenta, hijo. Mañana estarás en la puerta del cielo y el mismo San Pedro te recibirá porque tu alma está dejando esta vida pura, limpia, libre de pecado. Espero sepas agradecérmelo cuando nos encontremos en el reino del señor.

El padre se retiró y le dijo algo al tipo que tenía el arma. Este asintió y se acercó. El cura dejó el sótano y solo quedaron Jorge y los dos hombres. Jorge ya no quería sufrir más, increíblemente, estaba arrepentido de haber comido tanto y ser tan glotón. De alguna forma u otra, este sádico rito religioso había tenido algún efecto positivo en él.

El hombre armado se acercó a Jorge y le puso la pistola en el estómago.

—Nos vemos del otro lado, cojudo.

Jorge sintió la bala entrando en su estómago e inmediatamente empezó a vomitar lo que tenía atorado en la garganta. Volvió a orinarse del miedo y, lentamente, fue dejando de existir.

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