Los Relatos de mi Madre

Mi señora madre fue una de esas personas que siempre lucho en todos los aspectos de su vida. Desde niña, al haber sido abandonada por su madre biológica, no tuvo un augurio tan bueno. Recuerdo que cuando yo era no más que un inocente niño sin problemas, me contaba sus increíbles historias de adolescente donde ella se escapo de la casa de su familia adoptiva a temprana edad para volverse independiente. Desde los catorce años, empezó a trabajar en casas de familias adineradas como empleada del hogar. Trabajo que fue desempeñando hasta sus tardíos veintes porque con este módico sueldo que conseguía se pagó sus estudios independientemente.

La historia de cómo consiguió su primer trabajo siempre la tengo impregnada en mi mente. Si mal no recuerdo, al escaparse a la edad de catorce años en un camión que llevaba personas y chanchos por las carreteras del norte, ella terminó en Cajamarca. No teniendo ni una sola moneda en el bolsillo, se vio forzada a pasar las noches debajo de una banca en algún parque Cajamarquino o en la puerta de alguna iglesia. Estuvo así un par de semanas sin poder probar bocado y esperando lo peor de la vida. Afortunadamente se topó con una buena mujer a la que llamaremos Clotilde. Esta señora que pasaba por el parque con una bolsa llena de abarrotes y alimentos que usaría esa tarde para la cena se apiadó de mi puberta madre. La invitó a comer un plato de sopa y ella, con todo el miedo del mundo, aceptó porque no había probado bocado en muchos días. Recuerdo que al llegar a la casa de la señora Clotilde, mi madre no había abierto la boca ni para decir algún monosílabo. Clotilde sabía que esa pequeña que había traído a su casa era una niña asustada que estaba pasando por el peor momento de su vida. Le puso el plato de sopa en la mesa y le dijo que coma. Mi madre, según ella relataba, se tomó la sopa en dos bocados. Nunca había comido tan rico en toda su vida. Pero al no haber consumido ningún tipo de alimento por varios días desde su llegada a Cajamarca, mi madre vomitó todo lo que comió. Ella recordaba que se puso a llorar y a seguir comiendo, porque la señora Clotilde le había traido otro plato de comida.

Luego de esto, mi madre se quedó en esa casa a trabajar y a ayudar a la señora Clotilde. Esta era la esposa de un embajador que estaba viviendo en Cajamarca por unos meses. La familia se encariñó tanto con mi madre que la trajeron a Lima en un avión para que trabaje con ellos. Estando en Lima, estos señores le ofrecieron llevársela a los Estados Unidos para que siga trabajando con ellos. Pero Elsa Ruggel, mi trabajadora y asustadisa madre, ya había llegado a su límite. Ella no quiso salir del país porque tuvo miedo, según lo que siempre me contaba. Tenía miedo de irse a un país del cual no sabía el idioma y donde no conocía a nadie; así que rechazó la invitación para quedarse en la capital peruana. Fue así como mi madre, una orgullosa Lambayecana, llegó a la ciudad de los reyes en avión y con trabajo antes de haber cumplido la mayoría de edad. Grande ella.

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