Un atardecer en Huaraz

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Era la hora de la salida en el colegio Antonio Raimondi de la ciudad de Huaraz. Este centro de estudios era importante porque se había construido en la casa del mismísimo Raimondi. Las paredes azules siempre le daban un aire hospitalario y calmado que, creo yo, dejaban a los padres tranquilos cuando mandaban a sus hijos ahí. Cuando las clases terminaban luego de las cinco de la tarde, las puertas que daban a la avenida Centenario se abrían para dejar salir a toda la muchedumbre de estudiantes. Todos usaban el uniforme clásico de color gris que se puede encontrar en cualquier tienda de uniformes escolares. Lo único que los diferenciaba de los otros colegios, era una insignia roja y verde de plástico barato con el escudo de la institución educativa. Muchos de los niños que estaban ahí regresaban a sus casas en grupo; a otros los recogía algún familiar; algunos se quedaban en la escuela porque pertenecían a la escolta o la banda de músicos; y, solitariamente, salía Rubén.

Rubén era un niño muy tranquilo. No había quejas de él en el colegio y tampoco tenía malas calificaciones. No era un estudiante brillante, pero tampoco era malo. Se podría decir que era uno más del montón. Nada importante que rescatar de su personalidad o de su vida. Sus padres lo amaban, tenía los suficientes amigos para no ser excluido y, de vez en cuando, ganaba algún torneo de trompo. Como todos los niños huaracinos, Rubén no era muy alto. A sus diez años, no pasaba del metro veinte, tampoco tenía sobrepeso. Él era pequeño y de piel tostada por el abrasador sol de la sierra del Perú. A lo lejos, Rubén parecía un dibujo animado porque su cabeza se veía desproporcionada a su cuerpo gracias al corte tipo hongo que sus padres rústicamente le hacían en su cabellera marrón. A simple vista, y según todo el que lo conocía, Rubén era un pan de Dios. Lo que este niño no esperaba era que, por azares del destino, aquella tarde su vida cambiara completamente.

Como todos los días, Rubén regresaba a casa solo. Nunca le había pasado nada. En algunas ocasiones, incluso, se sentaba a hacer sus tareas en el famoso bulevar Pastorita Huaracina que se encontraba junto al río Quillcay. Hasta el día de hoy, ese bulevar es uno de los lugares más populares en la ciudad por las grandes estatuas blancas que adornan el lugar. La escultura que más llama la atención es la de un ángel desnudo cargando el cuerpo de una mujer. Vale mencionar que ambas figuras están sin ropa. Rubén siempre admiraba a ese ángel; en ocasiones, incluso, le dedicaba un par de oraciones. Esta vez, Rubén se detuvo unos minutos en el bulevar a admirar al ángel como siempre lo hacía, mas no se quedó mucho tiempo porque tenía ganas de usar el baño.

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El bulevar no va más allá de una cuadra. Al pasar la estatua del ángel, uno se da cuenta que la acera y la pista se vuelven un camino de trocha que, cuando llueve, es una pesadilla para cualquier par de zapatos. Afortunadamente, no era época de lluvias. Así que el camino se podía usar sin problemas. Rubén aceleró el paso porque ya iba a anochecer. En sus manos, tenía un trompo que iba tirando cada cierta distancia. De esa forma se entretenía mientras se acercaba a su casa. El viento corría fuertemente y el único ruido que se escuchaba en esos momentos venía de las aguas del río Quillcay. Un par de cuadras más adelante, apareció Toby; un perro blanco que era casi del mismo tamaño que Rubén. Este estaba medio alterado. El animal movía la cola de una forma extraña y ladraba preocupadamente. Se le acercó a Rubén y lo empezó a rodear desesperadamente. Al parecer, Toby intentaba comunicar algo. Rubén lo ignoró por unos minutos hasta que los dientes del can se clavaron en su mochila.

—¡Qué te pasa, Toby! —dijo Rubén tratando de zafarse de la mordida.

Toby empezó a ladrar nuevamente y le dio un par de lengüetazos a la mano de Rubén.

—¡Fuera, perro cochino!

Toby adelantó el paso mientras seguía ladrando. Cada cierta distancia volteaba a ver a Rubén para cerciorarse que lo estuviera siguiendo. Al niño no le quedó otra opción más que seguirlo. Rubén empezó a correr y el animal aceleró el paso. Unas cuatro cuadras más adelante, Toby se detuvo en una entrada que llevaba a orillas de río. El azul cielo de Huraz estaba tiñéndose de naranja rojizo. Los ladridos de Toby acompañados del crepúsculo volvían la situación un poco tenebrosa. Rubén siguió su camino antes de perder de vista al perro.

El río Quillcay pasaba por un ancho canal construido rústicamente. A la orilla izquierda, Toby y Rubén avanzaban a contracorriente. Rubén empezó a sudar y la luz roja del cielo auguraba una noche macabra. Luego de varios metros, Toby se detuvo cerca a un arbusto que era lo suficientemente grande como para tapar a un adulto. Este seguía ladrando. Rubén llegó apresurado y lo que vio fue espantoso.

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El cuerpo desmembrado de un hombre estaba ahí tirado. Un par de ratas que estaban comiéndose los órganos de la víctima huyeron despavoridas. Rubén soltó uno de esos gritos que solo se escuchan en las mejores películas de terror. Toby seguía ladrando como si pensara que, eventualmente, el cadáver respondería. El torso del hombre parecía casi fresco. El brazo y la pierna izquierda estaban separadas del resto del cuerpo. No se podía saber quién había sufrido tal ataque porque la cabeza de este estaba ausente. Al parecer, alguien había querido descuartizar el cuerpo, pero falló. Rubén se acercó al río y empezó a vomitar. Nunca había visto semejante atrocidad.

Fue desde ese día que Rubén no volvió a ser el mismo otra vez. Gracias, Toby.

 

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