Los Dulces Treinta #4

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El sonido de la sirena aumentaba lentamente a lo lejos. Los llantos de Martín se escuchaban desde la cocina. El cuerpo sin vida de Luis estaba tirado en el mueble. El que en vida fue Juan, estaba sin ojos cerca a la cocina. El cadáver del cumpleañero, Daniel, seguía en el suelo al costado de Juan. El porro que Carlos había encendido se consumió rápidamente. Quizás por el aire que entraba por la ventana detrás del sofá, quizás porque fumó muy rápido, quizás la calidad del papel del porro no era muy buena; no había forma de explicarlo.

Carlos caminó lentamente, haciendo el menor ruido posible, en dirección a la cocina. Cerca a los cuerpos de Juan y Daniel, en una silla al costado de la mesa, se encontraba la mochila que Carlos había traído antes que la fiesta empezara. En ella había una pistola. Carlos la tomó y siguió su camino hacia la cocina. Antes de llegar a esta, Carlos vio cómo los cuerpos de Daniel y Juan le daban un toque hogareño a la situación. Esta era la mejor reunión que habían tenido en años. Aparentemente, Martín seguía llorando en la cocina. Carlos puso la palma de su mano en la puerta de la cocina y empujó lentamente para poder abrirla. Martín dio un grito que en alguna otra circunstancia hubiera sido muy cómico, pero en este momento era el sonido más terrorífico que se había escuchado en toda la noche.

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—A ver qué tenemos aquí —dijo Carlos apuntando a Martín con la pistola —. Nada más y nada menos que la llorona. Porque eso es lo que has hecho toda la noche llorar como un puto maricón.

Carlos entró la cocina y cerró la puerta. Vio que Martín estaba empuñando un cuchillo de cocina muy grande, pero no pretendía usarlo porque no lo tenía apuntando hacia él. Carlos entendió rápidamente que Martín no tenía intenciones de matarlo. El cuchillo que empuñaba sólo era algo que había tomado por inercia. Un mero reflejo de su instinto de supervivencia. Martín no pensaba volverse un asesino ese día.

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—A ver —dijo Carlos sin dejar de apuntarle a Martín con la pistola —, dejemos las cosas en claro. Porque no quiero que pienses que soy un psicópata. No, Martín. Aquí las cosas hay que dejarlas bien claras. Porque nadie va a salir vivo de aquí.

—¡Hijo de puta! —contestó Martín nerviosamente —La ambulancia ya estaba en camino. Así me mates, vendrán a capturarte.

—No si te mato rápido y escapo.

La sirena de la ambulancia que venía sonando desde hace unos minutos, se había detenido. Al parecer ya estaban en la puerta del edificio.

—Martín, ¿no quieres saber por qué todos han muerto hoy?

—Tú los has matado a todos. Tú envenenaste esas cervezas.

—Yo no maté a Juan. El que lo mató fue Luis.

—Pero también tenías una cerveza para él, ¿verdad?

—Cierto, pero Luis me facilitó las cosas. Solo necesité sacar a la luz la infidelidad de Daniel. Luis hizo el resto tal y como lo pensé.

Martín seguía llorando.

—Mira, Martín. Yo no te voy a matar. Te voy a hacer algo peor: te voy a dejar vivo. Pero antes de eso, tengo que decirte por qué maté a los demás. Verás, llegó un punto en mi vida en que las voces dentro de mi cabeza tomaron el control total. Te estoy hablando de hace un par de meses más o menos. Cuando uno batalla duro contra estas voces, lo único que puede pasar es que te vuelvas un demente. Nadie supo de las voces porque nunca les hacía caso. Las escuchaba, hasta conversaba con estas, pero nunca les obedecía. Siempre me pedían que haga cosas horribles. Desgraciadamente, esta vez cedí y les obedecí. Ellas me prometieron tranquilidad. Me prometieron un gran alivio. Me dijeron que luego de todo esto iba a poder estar en paz porque ellas desaparecerían. Estas voces de mierda me llevaron a probar todas las drogas que estaban a mi alcance. Quizá porque las drogas intensifican estas voces de hijas de su puta madre. Ahora que estoy bien duro y drogado te puedo decir que jamás había escuchado las voces tan claramente como ahora.

Tocaron la puerta y preguntaron por Martín que fue el que contactó a la ambulancia.

—¡SEÑOR MARTÍN! ¡REPORTARON UN ACCIDENTE AQUÍ!

—Carajo, al parecer voy a tener que apurarme —dijo Carlos apenado.

—Carlos, basta. No tienes por qué hacer nada más. Dejemos que entren los paramédicos y nos ayuden.

—Cállate o te reviento una bala en la cabeza —amenazó Carlos poniendo una cara de asesino serial que Martín había visto en la televisión alguna vez.

Martín se calló instantáneamente, pero no podía controlar sus lágrimas.

—Bueno, creo que es hora de despedirnos —dijo Carlos dejando de apuntar el arma hacia Martín —. Pero antes, quiero que sepas que de todo el grupo. Tú siempre fuiste el que más detesté. Siempre quejándote. Detesto a las personas que se quejan de todo. Creo que por eso nunca pude tener sexo contigo. Me dan asco tus quejas.

Al parecer, los paramédicos estaban tratando de romper la puerta. Se escuchaban golpes fuertes desde afuera.

—No tengo más tiempo, Martín. Espero que siempre recuerdes este momento y nunca más puedas descansar en paz. Te lo mereces por ser el ser más molesto que he conocido en toda mi vida.

Carlos alzó la pistola de nuevo y se la metió en la boca. Sus ojos cambiaron repentinamente. Al parecer se asustó y no podía suicidarse. No tenía el valor suficiente para hacerlo.

— Salgan de mi cabeza —dijo Carlos hablando solo —. ¡Aaaaah! No quiero matar a nadie más.

Carlos abrió los ojos fuertemente y empezó a sudar frío.

— Oye, cálmate — dijo Martín en un intento de poder salvarse o salvar a su amigo.

Al escuchar a Martín, Carlos volvió a apuntar el arma hacia él. Martín alzó las manos y soltó un grito horrible. Carlos se dio cuenta que los golpes a la puerta estaban incrementando. En cualquier momento iban a tumbar la puerta principal. Martín seguía llorando desconsoladamente.

—Cállate — dijo Carlos —. Me llega al pincho que te la pases llorando.

Carlos alzó la pistola y apuntó a su cabeza. Los golpes a la puerta que venían desde afuera se intensificaban. Martín no dejaba de gritar y llorar.

—No —dijo Carlos —, yo no puedo hacerlo. Tienes que hacerlo tú.

Carlos se acercó a Martín y le quitó el cuchillo que tenía en las manos. Martín seguía llorando, pero ahora estaba sin palabra alguna. Carlos acababa de darle su pistola. Quería que lo mate. Carlos no podía cometer suicidio.

—No, no no. Yo no puedo agarrar esto —dijo Martín soltando la pistola —. No te voy a matar, huevón.

—Por favor. Tienes. Tienes que hacerlo. Por favor. Ya no aguanto más. Estas voces me tienen mal. Ya no quiero escucharlas. Ya no las necesito. No las quiero. Tienen que parar —insistió Carlos poniéndole el arma en las manos de Martín y acomodando el dedo índice de el llorón en el gatillo.

Martín estaba temblando. No sabía qué estaba pasando. Carlos estaba loco. Toda la situación estaba fuera de control.

—Yo no puedo hacer esto —dijo Martín tratando de no hacer presión al gatillo con su dedo.

—Hazlo de una vez —dijo Carlos abriendo los ojos bien grande —es tu única oportunidad de saber qué se siente matar a alguien. Sé que no eres un asesino. Nunca te volverías uno. Esta es una oportunidad que nunca más se te va a presentar. Además, ¿crees que te van a dejar tranquilo después de todo esto? Mejor mátame y di que fue en defensa propia.

Carlos vio rápidamente el cuchillo que le había arrebatado a Martín. Martín se dio cuenta de lo que iba a pasar y gritó con todos sus pulmones. Carlos tomó fuerzas y le cortó parte del brazo con el cuchillo.

—Ahora sí puedes decir que es defensa propia. Porque si no aprietas ese gatillo, seguiré cortándote el cuerpo hasta que no aguantes más.

Un golpe fuerte se escuchó en la puerta principal. Martín saltó del susto y, accidentalmente, disparó. Carlos cayó al suelo con el abdomen perforado. Martín dejó de gritar. Al disparar, no solo salió una bala; también salió su vida, su moral y todas las buenas cosas que alguna vez experimentó. Carlos seguía vivo. Martín le vio el rostro y las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas.

—Gracias —alcanzó a decir Carlos —. Ya no los escucho. Gracias.

—Carlos, yo…

La puerta de la cocina se abrió y un par de personas entraron para poder salvar a Martín. Él tenía el arma en la mano. Antes de volver en sí, dio un último vistazo a Carlos. La sangre de su amigo estaba por todo el suelo. Lo último que este pudo hacer antes de su último suspiro fue guiñarle el ojo a Martín.

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