Los Dulces Treinta #3

LEE LA SEGUNDA PARTE AQUÍ: https://elticherpe.com/2019/05/13/los-dulce-treinta-2/


El cuerpo de Juan aún temblaba por algún reflejo nervioso. La sangre seguía saliendo de su rostro, especialmente de las cavidades orbitarias donde hace unos instantes estuvieron sus ojos. Este ya no emitía ningún sonido. Los dedos de Juan se movían como si estuviera tratando de decir algo, pero era inútil. Cualquier intento de comunicación era confuso e ininteligible. Luis seguía montando a Juan contemplando lo que acababa de hacer. No lo podía creer. Nunca hubiera pensado que terminaría matando a uno de sus mejores amigos. Sus manos estaban envueltas en un guante de líquido rojo un tanto espeso. Qué me pasó. Yo no soy esta persona. Yo no soy un asesino. ¡Qué mierda acabo de hacer! Luis estaba metido en sus pensamientos. Toda la casa y el ambiente a muerte al que esta había sucumbido eran inexistentes en la cabeza de Luis. Me voy a ir a la cárcel. Mi vida está arruinada.

Martín no dejaba de llorar. No hacía mucho ruido, pero las lágrimas caían como una catarata luego de una fuerte lluvia. Martín estaba atónito. Nunca había visto a alguien morir; pero esta noche vio dos asesinatos. Una experiencia más cercana a la muerte tendría que ser su propio fin. Él estaba decidido a no morir esa noche.

Luis alzó la cabeza y la volteó a la izquierda en dirección a Martín. Le clavó la mirada. Sus ojos estaban perdidos. Los ojos de Luis miraban en dirección a Martín, pero no estaban cumpliendo su función en sí. Luis seguía perdido en sus pensamientos.

—Luis, ¿estás bien? —preguntó Martín.

No hubo respuesta alguna. Luis seguía divagando en su cerebro. Martín se puso de pie lentamente, calculando no realizar ningún movimiento brusco. Aparentemente, Luis no se dio cuenta de esto. Martín fue al baño y tocó la puerta.

—Carlos, tienes que salir. Por favor.

—¿Qué pasó? —preguntó Carlos.

—Por favor, sal de ahí —dijo Martín sollozando.

Carlos abrió la puerta y un olor a marihuana recién fumada salió del baño. Martín vio cómo Carlos estaba guardando algo en su bolsillo; probablemente eran drogas.

descarga

—¿Te has puesto a fumar hierba? ¿Qué chucha te pasa? ¿No ves que tenemos a dos muertos aquí afuera?

—¿Qué mierda hablas? —dijo Carlos tocándose la nariz como si esta le molestara un poco.

Carlos salió a la sala y vio los cuerpos de Daniel y Juan tirados uno al lado del otro. Luis seguía montando a Juan.

—Luis —dijo Carlos lleno de terror —, ¡qué mierda has hecho!

Luis volteó y puso los ojos en Carlos. La mirada de Luis seguía perdida. Respondía a los llamados automáticamente, pero su mente estaba en otra parte. Parecía que la vida de Luis hubiera sido drenada por alguna fuerza superior. No era el Luis que siempre bromeaba y encontraba la forma de sacarte una sonrisa. Era un completo desconocido.

—Juan y Luis se pelearon —comenzó a contar Martín entre lágrimas—, porque, como sabes, Daniel le sacó la vuelta a Luis con Juan. Pues, una cosa llevó a la otra y pasó esto. Estamos demasiado borrachos. Aj, quiero irme. Esto debe ser un sueño de mierda.

—Puta madre.

Carlos entró a la cocina y abrió la refrigeradora. Vio un paquete de latas de cerveza recién abiertos. Sacó una de las latas y la abrió. Desde la cocina se podía escuchar el llanto casi silencioso de Martín. A diferencia de la sala, la cocina estaba impecable. Toda esa sangrienta escena que se había armado en el otro ambiente era ajena a la blanca y sofisticada cocina de Daniel. Carlos salió de donde estaba y vio cómo el cambio brusco de colores era tan impactante. La cocina era como si estuviera viendo un catálogo de Internet para poder alquilar una casa, pero la sala parecía la misma entrada al infierno. Dos muertos, un asesino arrepentido y un llorón. Luis fue hasta los muebles donde habían estado bailando hace media hora y dejó la lata de cerveza en el suelo, al costado del sofá. Se acercó a Luis y le puso las manos en los hombros. Lo ayudó a ponerse de pie, le dio media vuelta para poder verle el rostro y lo abrazó con toda la fuerza que pudo soltar. Luis sintió la calidez del abrazo y volvió en sí. Inmediatamente, se puso a llorar.

—Yo no quería hacerlo —dijo Luis entre llantos —. No sé qué me pasó. Soy un asesino. ¡UN ASESINO!

—Calma —dijo Carlos sin terminar de abrazarlo.

Carlos podía sentir la desesperación y el arrepentimiento que Luis estaba experimentando. Lo único que atinó a hacer fue en sobarle la cabeza lentamente. Martín empezó a llorar más fuerte.

—Ven —le ordenó Carlos a Luis —. Vamos a sentarnos en el mueble.

Luis, Carlos y Martín fueron a sentarse dejando los cuerpos atrás.

—La ambulancia ya debe de estar en camino —dijo Martín —. Quizá lleguen en menos de veinte minutos.

Okay, chicos —dijo Carlos viendo cómo Martín y Luis lloraban desconsoladamente —. Primero tenemos que calmarnos para saber qué decir cuando llegue la ambulancia.

Carlos sacó de su pantalón una bolsita que contenía un polvo blanco muy conocido.

—¿Te vas a coquear? ¿En serio? —dijo Martín indignándose —¿Desde cuándo consumes cocaína, huevón?

—Es el mejor remedio para dejar de llorar como los maricas que somos. Además, esto no es para mí. Yo ya estoy bien parao’ —dijo Carlos sobándose la nariz como si le molestara algo —. Ustedes tienen que inhalar para que nos se les vea tan nerviosos.

—Dame un poco de eso —dijo Luis —. No me gusta estar así. No me va a hacer daño. ¿Verdad?.

Martín miraba cómo Carlos y Luis conversaban tan naturalmente. Como si inhalar cocaína fuera algo de lo más natural.

—Solo te sentirás más despierto. Esto te va a parar.

—Está bien —dijo Luis —. Prepárame una línea, pero solo una.

—A mí también —dijo Martín

Carlos alzó la mirada hacia Martín. Este se dio cuenta que era la primera vez que consumía cocaína con sus amigos. Siguió preparando las líneas con su tarjeta de crédito mientras una enorme sonrisa maliciosa se dibujaba en su cara. Cuando las líneas estaban listas, Carlos agarró un poco de cocaína de la bolsita con su dedo índice y la inhaló rápidamente. Luis Y Martín se acercaron a la mesa de centro y consumieron ese polvo blanco al que todo el mundo le ha hecho mala fama. Martín, instantáneamente, se dio cuenta que fue una mala idea haber consumido drogas en ese momento. Pero ya estaba hecho. Luis se agarró la nariz y la empezó a sobar con fuerza.

—No entiendo por qué se demora tanto en venir la ambulancia —dijo Martín ahora un poco más tranquilo —. Necesito usar el baño.

Martín se puso de pie y caminó hacia el baño. Pasó al costado de Daniel y Juan que estaban tirados en el suelo como si fueran adornos de una casa de terror. No le volvieron a salir lágrimas. Parecía que la droga había funcionado.

Luis y Carlos se habían quedado en la sala. Estaban sentados en el sofá uno al lado del otro. Luis apoyó su cabeza en el hombro de Carlos. Los segundos pasaban lentamente. El silencio de la casa era tal que los odios les chillaban. Luis empezó a llorar otra vez. Al parecer, no había droga en el mundo que calme su lamento.

—Oye —dijo Carlos agarrándole la cabeza a Luis con las dos manos—, ya basta. Sé que nada bueno saldrá de esto, pero luego pensaremos en lo que va a pasar. Ahora tienes que estar tranquilo.

Luis y Carlos se miraron fíjamente. Una pequeña chispa de deseo se prendió en los dos. En el mejor de los casos, esto hubiera terminado en un beso que empezaría con una nueva historia de amor. Pero la noche no era la más indicada para eso. De ahora en adelante, ninguna noche iba a ser apropiada para pensar en deseos carnales.

—Toma un poco —dijo Carlos agarrando la lata de cerveza que había dejado en el suelo hace unos instantes —. Tienes que relajarte.

Luis tomó la lata con sus dos manos como si esta fuera una taza de café caliente. Lo miró a Carlos tratando de no romper en llantos.

—Irás a visitarme ¿verdad?

—¿Dónde? —preguntó Carlos.

—A la cárcel, cojudo —dijo Luis antes de tomar un poco de cerveza —. Es obvio que mi vida está arruinada. No hay forma de salir libre de esto. ¿Sabes? De chibolo tenía esta idea loca de estar en la cárcel solo porque me gustaba tanto el vídeo de Lady Gaga con Beyoncé.

—Hablas huevadas —dijo Carlos soltando una risa forzada.

—Aunque ahora que lo pienso, no suena nada divertido.

Carlos sonrió y le hizo una seña para que tome la cerveza. Luis le devolvió la sonrisa y tomó un enorme sorbo de la lata. El líquido le raspo la garganta un poco, pero la temperatura de esta le refresco casi todo el cuerpo. Luis se sintió aliviado y tomó el resto de la bebida.

Martín salió del baño y regresó a sentarse en la sala frente a Carlos y Luis.

—¿Te sientes mejor, Luis? —preguntó Martín.

—Sí, mucho mejor.

Martín presentía que algo malo estaba a punto de pasar. Observó a Carlos y este le devolvió una sonrisa tenebrosa.

—¿Qué pasa? —dijo Martín.

—Nada, todo bien —dijo Luis pensando en los labios de Carlos.

El silencio volvió a invadir la casa. Se podía escuchar la respiración de los tres.

—Te vamos a extrañar, Luis —dijo Carlos.

bloodshot-eyes-png-also-smoking-weed-causes-the-blood-vessels-inside-eyes-to-dilate-the-increased-flow-of-blood-in-the-eyes-is-what-causes-your-eyes-to-appear-red-367

Luis produjo un sonido extraño muy fuerte. Martín se paró rápidamente y se fue a la cocina gritando. El miedo, al igual que a Luis, lo estaba consumiendo. La expresión del ahora envenenado transmitía un dolor inimaginable. Su ojo derecho se llenó de sangre. Le estaba pasando exactamente lo que le pasó a Daniel.

—Qué huevón eres para haberte tomado esa cerveza —dijo Carlos entre risas macabras mientras veía a Luis morir de a pocos.

Luis vomitó bastante sangre. Ahora los muebles se habían pintado de rojo oscuro y el olor nauseabundo de la noche se intensificó. Parecía que Luis quería decir algo, pero no pudo hacerlo. Unos segundos después, Luis dejó de existir. Su cuerpo cayó al mueble y, curiosamente, quedó como si estuviera posando para alguna obra de arte renacentista.

7.-Sábado-20-A

Desde la cocina se podía escuchar a Martín llorando. Carlos se puso de pie, sacó un porro y empezó a fumar. A lo lejos, una sirena de ambulancia disturbaba la tranquila noche limeña que los vecinos de Jesús María estaban viviendo.


LEE LA CUARTA PARTE AQUÍ: https://elticherpe.com/2019/06/05/los-dulces-treinta-4/

Anuncios

2 comentarios sobre “Los Dulces Treinta #3

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s