Los Dulces Treinta #2

LEE LA PRIMERA PARTE AQUÍ: https://elticherpe.com/2019/05/08/los-dulces-treinta/


El cuerpo de Daniel yacía boca abajo en el suelo. La sangre había manchado gran parte del piso y, desafortunadamente, había alcanzado los zapatos de Juan, Martín y Carlos. Todos estaban en silencio, menos Martín que seguía gritando del impacto de la situación. Los gritos que soltaba fueron tan potentes que Carlos y Luis estaban pálidos del susto. Juan, en cambio, se acercó al cuerpo para ponerlo boca arriba y así poder cerrarle los ojos que había dejado abiertos antes de pasar a mejor vida.

—Martín, ven ayúdame —dijo Juan ya que este estaba más cerca.

—No, él no —dijo Carlos —. No ves que a las justas puede respirar del shock.

—Bueno, me quieres ayudar entonces —dijo Juan un poco exacerbado.

Okay, no te achores —dijo Carlos mientras se acercaba a ayudar a Juan.

—Yo lo agarro de aquí y tú lo volteas a la cuenta de tres.

—Uno —dijo Juan un poco dubitativo.

—Dos — dijo Carlos impacientemente.

—¡TRES!

El ojo derecho parecía un rubí opaco de toda la sangre que se había acumulado en este. El ojo izquierdo, a diferencia del derecho, estaba intacto; incluso daba miedo mirarlo directamente. Se podía sentir aún la desesperación y el terror que había experimentado Daniel antes de darse cuenta que había sido envenenado.

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El cuerpo de Daniel estaba en el suelo cerca a la cocina. Juan, Carlos, Luis y Martín se acercaron a verle los ojos por última vez. El que se atrevió a tocarlo y bajarle los párpados fue Juan. Cuando lo hizo, una paz sepulcral se apoderó del lugar. Se podía sentir ese silencio fúnebre que solo los mejores, y más grandes, cementerios te pueden dar a altas horas de la noche. Martín no pudo más y empezó a vomitar del miedo.

—¡Qué te pasa, huevón! —le dijo Carlos a Martín —¿Nunca has visto un muerto?

—No, tarado. Siempre veo cadáveres —respondió Martín clavando la mirada en Carlos intentando ser desafiante —. Ver muertos en fiestas es uno de mis pasatiempos preferidos.

—Bueno, no vamos a solucionar nada si empezamos a discutir —dijo Carlos.

—¿Solucionar? —dijo Juan —Qué vamos a solucionar si Daniel, claramente, está muerto.

—Tenemos que llamar a la policía —sugirió Carlos.

—Pero primero hay que ser honestos —dijo Luis —. Ninguno de ustedes envenenó la cerveza de Daniel ¿verdad?

—¡Cómo mierda se te ocurre decir esas huevadas! —gritó Carlos —Aquí nadie ha matado a nadie.

—Entonces ¿Quién envenenó esa lata de cerveza? —preguntó Luis.

—Pudo haber venido así de fábrica —sugirió Martín.

—No lo creo. Entonces cualquiera de nosotros pudo haberse tomado esa lata —especuló Carlos —. Yo creo que esto ha sido intencional.

—¿Nos estás llamando asesinos? —dijo Martín indignándose.

—No estoy acusando a nadie —dijo Carlos perdiendo la paciencia —. Solo quiero saber qué chucha acaba de pasar.

—Voy a llamar a una ambulancia —dijo Martín sacando el celular de su bolsillo.

Juan se sobaba el mentón mientras veía el cuerpo de Daniel. Pensaba y pensaba. Casi se habían olvidado de él hasta que vocalizó lo que tenía en mente.

—Cuelga el teléfono, Martín —dijo Juan.

Todos voltearon atónitos a mirarlo. Martín colgó el teléfono y prestó atención.

—Estoy más que seguro que alguien ha matado a Daniel —dijo Juan.

—Estás hablando huevadas, Juan —dijo Luis —. Creo que el alcohol ya se te subió demasiado. Todos somos amigos. ¿Quién mierda va a tener una buena razón para haberle quitado la vida a Daniel?

—Quizás tú —dijo Carlos.

—¿Qué mierda dices? —dijo Luis dirigiendo la mirada a Carlos.

—Tú fuiste su pareja —dijo Carlos —. Lo más probable es que guardaras un poco de rencor. Total, una infidelidad nunca se perdona del todo.

Luis sintió una estocada en el pecho. Como si alguien le hubiera clavado un puñal por la espalda que atravesó hasta el corazón. Esta noticia lo agarró desprevenido. No entendía lo que Carlos acababa de decir.

—¿Infidelidad? —dijo Luis —¿Qué infidelidad?

—Ay, no te hagas el loco, Luis —dijo Carlos en tono desafiante —. Sabes muy bien que Daniel te fue infiel.

—¿De qué estás hablando?

Todos le daban la razón a Carlos. Daniel le había sido infiel a Luis. Era un hecho. El único que no sabía sobre esto era el afectado. Era la primera vez que Luis se enteraba de ese oscuro secreto a voces. Había pasado mucho tiempo. Daniel ahora estaba muerto. No había forma de cobrar venganza; mucho menos había forma de hacer algún reclamo. Claro que no. Daniel ya no se encontraba en este mundo.

—Todos sabían sobre esto. ¿Pero nadie se atrevió a decirme nada? —dijo Luis con la voz más triste que jamás se le haya escuchado.

—Nosotros pensábamos que ya lo sabías —dijo Juan —. No tocábamos el tema porque era muy incómodo. Además, esa infidelidad pasó sin querer. Todos estábamos borrachos. Nadie se acuerda claramente de los detalles.

—¿Estábamos? —dijo Luis — ¿Estuve presente el día que me pusieron los cuernos?

—Bueno, ni tan presente —dijo Juan —. Te habías dormido de tanto alcohol que habías tomado ese día. De hecho, caíste temprano. La infidelidad sucedió unas horas después.

—¿Te refieres al día que inauguramos el depa’ de Daniel? —preguntó Luis —Quiere decir que en esta casa fue que me pusieron los cuernos.

—Exacto —dijeron Carlos y Juan al mismo tiempo.

—Eso fue hace más de dos años.

—Bueno —dijo Carlos —, por eso creemos que fuiste tú quien envenenó la cerveza de Daniel. Pensábamos que sabías de la infidelidad.

—¡Yo no envenené a Daniel! —dijo Luis desesperadamente —¿Con quién me sacó la vuelta? En esa fiesta solo estuvimos nosotros. No hubo invitados. Así que Daniel tuvo que ponerme los cuernos con alguno de ustedes.

Martín, Juan y Carlos se miraron con un poco de miedo, pero nadie dijo nada.

—Fuiste tú —dijo Luis señalando a Juan —. ¿Verdad?

—¡Oye, qué te pasa! —se defendió Juan.

—Sí, fue él —dijeron Carlos y Martín al mismo tiempo.

—Ah, gracias —dijo Juan dirigiéndose a Martín y Carlos —. Pensé que eso no iba a salir al aire hoy. Porque, al parecer, todos tienen secretos que no soy digno de saber.

El intenso silencio invadió la casa de Daniel otra vez. Luis estaba furioso mientras veía a Juan fijamente. Martín agarró su celular y empezó a buscar el número del hospital para que venga una ambulancia. Carlos se fue al baño y cerró la puerta. La amistad que ellos habían conservado por tanto años, siete para ser exactos, se había terminado. No había forma de solucionar esto. No la había. Martín renegaba porque no le contestaban el teléfono. Luis seguía mirando a Juan. La furia lo estaba consumiendo. No podía entender por qué el amigo en el que más confiaba le había hecho esto. La traición había golpeado a Luis desprevenidamente. El sentimiento estaba a flor de piel. Si prestabas atención, Luis estaba ajustando la mandíbula con todas sus fuerzas intentando calmarse.

—Me dicen que la ambulancia llegará en veinte minutos —dijo Martín con tristeza colgando el teléfono.

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Luis dio un grito de furia y se abalanzó contra Juan. Lo empujó para que cayera al suelo. Durante la caída, Juan se golpeó la cabeza contra la mesa; esto lo dejó aturdido. Luis se puso encima de él. En otras circunstancias, esta posición hubiera terminado en besos y orgasmos, pero esta vez parecía que nada bueno saldría de esto. A puño limpio, Luis atacó el rostro de Juan. Los golpes venían uno tras otro. La cara de Juan empezó a llenarse de sangre y este no podía decir palabra alguna. Estaba completamente indefenso y, seguramente, no sentía mucho los golpes por todo el alcohol que había ingerido. Luis dejó de golpearle la cara para tomar un respiro. Su celular empezó a sonar en el bolsillo derecho de su pantalón ahora manchado de sangre. El timbre de llamadas que Luis había puesto era una canción de Mon Laferte. Martín miraba la escena con miedo. Esto le estaba causando un trauma irreversible. La canción del celular seguía sonando. La voz dulce de la cantante se mezclaba con los jadeos de Luis.

Ven y cuéntame la verdad

Ten piedad

Y dime por qué

No, no, no

Cómo fue que me dejaste de amar

Yo no podía soportar tu tanta falta de querer

Con la furia rebalsando, Luis dejó el celular en el suelo. Este seguía sonando. Dos golpes más fue lo que sintió Juan antes de su último respiro. En un acto desesperado e inhumano, alimentado por la vergüenza y el rencor, Luis puso sus pulgares en los ojos de Juan y empujó con todas su fuerzas.

—¡NO, LUIS! —gritó Martín con desesperación y lágrimas —¡LO VAS A MATAR!

Un chorro de sangre salpicó hacia el rostro de Luis ensuciándole los labios y la camisa. Juan gritaba mientras se desangraba en el suelo sin poder ver nada porque sus ojos eran ahora un puré de una masa blanca, amarilla y roja. Luis se había convertido en un asesino. Martín, al ver esto, entró en estado de shock y Carlos seguía en el baño.

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LEE LA TERCERA PARTE AQUÍ: https://elticherpe.com/2019/05/21/los-dulces-treinta-3/

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