Oh #2

Eran las doce del mediodía. El sol de Lima estaba en todo su esplendor. Las palomas se habían escondido en las sombras porque ni el más amante del verano aguantaba el calor. Esta temperatura era tan intensa que los helados no duraban ni un minuto fuera del congelador; podías sentir, incluso, que mil duchas no te refrescarían en lo más mínimo.

La avenida Brasil estaba mucho más caliente por todos los motores de carros. Era como estar en un desierto de cemento. Una larga avenida que solo aumentaba en temperatura gracias a los buses viejos que pasaban por ahí emanando gases tóxicos que empeoraban el clima. Entre todo el ruido y el caos que ocasionaban los carros, había uno en particular que destacaba del resto por ser un Volkswagen escarabajo de esos que eran bien populares hace mucho tiempo. El vehículo era de color rosa pastel; como un vestido de quinceañera o como un chicle de esos que se les va el sabor al minuto de masticarlos. En este coche iban dos personas que no tenían la menor idea de lo que pasaría.

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Carla y Bryan se dirigían a su  objetivo. Lo que ellos no sabían era que una conversación sobre la eyaculación femenina los iba a entretener tanto. Digamos que el tema de conversación era un poco extraño para la situación en la que estaban, pero así eran los días de Bryan y Carla: raros.

—¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? —dijo Carla —Estaba tirando con el huevón este y, no sé, creo que hizo alguna maniobra de actor porno o algo así y me vine. Era como si me hubiera orinado en toda la cama.

—Todo eso es pura mierda y lo sabes.

—No, Bryan. Te estoy diciendo que eso pasó. Para qué te mentiría si hasta vergüenza me dio. Nunca me había pasado, huevón. Fue una experiencia de otro mundo. Como si Dios, Jesús y todos los santos hubieran bajado y me hubieran llenado el cuerpo de sensaciones inexplicables.

—La eyaculación femenina es un mito, Carla. Ya basta con mentiras sabes que esas huevadas solo pasan en el porno. No tienes por qué mentirme.

—Pero, ¿cómo explicas la parte donde me salió toda esa agua?

—Te orinaste seguro.

—No, cojudo. Te estoy  diciendo que no era pichi. Te juro por mi vieja que eso no pasó. Toda la cama del telo estaba mojada. como si le hubiera caído un baldazo de agua.

—¿Estás segura que no era pichi?

—Sí, huevón. La pichi empieza a oler después de un rato. Este líquido que salió no olía a nada. Era como agua tibia. Sin olor.

—Bueno, supongamos que te creo. ¿Cómo explicas que esto no te ha pasado antes?

—Porque antes nunca había sentido un orgasmo. Osea, sentía bien el sobajeo, pero nunca logré llegar. Ahora con este pata pude acabar y, pues, pasó eso.

—¿Cómo que nunca habías llegado?

—Claro que no. Yo pensaba que el único que tenía alguna sensación buena era el hombre y, por eso, ustedes eran tan adictos al sexo. Pero nunca me imaginé que era posible sentir algo tan rico, conchasumare.

—Estás loca.

—Piensa lo que quieras, cojudo. Ya estamos llegando así que anda alistándote.

Carla y Bryan estacionaron el carro y bajaron de este; se pusieron lado a lado y alzaron la vista ante el enorme condominio que se se levantaba frente a ellos. Tenían que subir hasta el piso quince. Voltearon y se miraron fijamente.

—¿Estás listo? —dijo Carla.

—Claro, pero creo que tú no lo estás.

—Estoy más que lista.

—Eso sonó tan falso como tu eyaculación femenina —dijo Bryan haciendo comillas con los dedos —. A ver, lo único que tenemos que hacer es taparle los ojos, amordazarlo, y atarle las extremidades. Luego lo llevamos donde el Zambo y listo. No tenemos que hacer nada más.

—Lo sé. No es la primera vez que secuestro a alguien, Bryan. Ya he hecho esto antes. Y la eyaculación femenina es cierta. Me pasó. No te he mentido.

—Seguro.

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Photo by Josh Sorenson on Pexels.com

Bryan y Carla caminaron hacia la puerta principal. No había portero. Simplemente entraron; nadie los detuvo. Las paredes del condominio, extrañamente, hacían juego con el uniforme azul que estaban usando. Los dos llevaban puestos unos ternos azules como si fueran empresarios, o, quizá, más cerca a la realidad, delincuentes peligrosos. Ellos caminaban muy seguros. Tomaron el ascensor para ir al piso quince. Este era muy pequeño para el tamaño del edificio. Calculando, solo podían entrar cuatro personas, cinco si eran flacos. Carla se vio en el espejo del ascensor y se dio cuenta que la pistola que llevaba en el cinturón era muy grande.

Elevators

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—Bryan, te has dado cuenta que he estado andando con la pistola a simple vista. Cualquier policía me hubiera parado si se daba cuenta.

—Deja de hablar huevadas.

—Pero —dijo Carla sacando la pistola de su cinturón —creo que debo guardarla en otro lado.

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—Deja de jugar con la pistola, carajo. Se te va a salir un balazo y todos estos espejos van a reventar.

—Ay, no seas maricón, cojudo. Solo estoy buscando un mejor lugar para ocultarla —dijo Carla mientras sostenía la pistola en la derecha y con la izquierda buscaba en algún lugar de su saco dónde poder guardar el arma.

—Carla, ya basta. Deja la pistola en su sitio.

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—Pero déjame, ya la guardaré además nadie va a entrar.

—Eso espero —dijo Bryan un poco nervioso por la forma en al que Carla estaba manejando la pistola.

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—¡Ah! —Carla soltó un suspiro —Creo que estoy nerviosa. Hace tiempo que no secuestro  a alguien.

—Ya sé que estás alterada, pero por favor guarda el arma o la vas a cagar.

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—Tengo que bajar —dijo Carla respirando extrañamente.

—Carla, cálmate. El Zambo nos va a matar sino hacemos esto — dijo Bryan antes de poner su mano sobre el hombro izquierdo de Carla.

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—¡YA DÉJAME! —gritó Carla.

—¿Qué ta pasa?

—No lo sé, huevón. Estoy asustada creo.

—Okay, relájate. Ya vamos a llegar. Buscamos a Joaquín y nos vamos. No vas a tener que hacer nada más. Yo me encargo de todo si quieres.

La puerta del elevador se abrió y Joaquín estaba parado ahí; esperando que llegue el ascensor para tomarlo. Él abrió los ojos del miedo que acababa de invadir su cuerpo. En casi tres segundos, Carla levantó el arma y le disparó a Joaquín en el ojo izquierdo.

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