El marinerístico

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El cansancio era casi insoportable. La camiseta que Benjamín llevaba pesaba el doble de lo que normalmente era porque estaba empapada en sudor, suciedad y olores. Las piernas le dolían y respirar se hacía más complicado mientras pasaban los segundos. La música había llegado a su éxtasis. Los platillos sonaban, las trompetas a todo volumen marcaban la melodía, la tarola redoblaba. Todo se mezclaba. No era una sensación física placentera, pero la música y la adrenalina lo compensaban. Era una especie de droga para él.

La marinera terminó y Benjamín se limpió la frente con su pañuelo. Estaba solo en la azotea de su casa. Otra marinera empezaba a sonar. Se acercó a la computadora y puso la música en pausa. Tomó un poco de agua y se puso a pensar que había llegado muy lejos en este arte tan complejo.


—¡Sube las piernas! — gritaba la profesora — ¡Más arriba! Que llegue a la cadera. ¡UNO! ¡DOS! ¡UNO! ¡DOS! ¡ZA! ¡ZA, ZA! ¡ZA! ¡ZA, ZA!

Benjamín seguía bailando, mientras una lágrima se caía por el rabillo del ojo. Varios gritos para canalizar la fuerza se escapaban, como si un fisicoculturista estuviera alzando las pesas más pesadas del gimnasio, Las piernas y los brazos estaban experimentando un dolor muscular intenso que dificultaba su baile. Pero él no se dejaba; no había dolor que lo hiciera parar.

—¡DEJA DE LLORAR, CARAJO! —gritó la profesora — ¿QUIERES SER CAMPEÓN? ¡ENTONCES SIGUE BAILANDO!

La fuga de la marinera llegó a su final y, al instante, empezó otra. Estaban practicando zapateo con una edición de marineras en la que habían unido cuarenta fugas distintas para entrenar y tener un físico increíble. Sonaba bien, pero hacerlo no era tan bonito.

Benjamín seguía zapateando. Za. Za, za. Za. Za, za. Machete, machete, machete, machete, punta, taco, punta, taco, machete, machete, punta, taco, punta, taco, machete, machete, machete, machete, laterales, repetir todo de nuevo… El entrenamiento era duro, pero Benjamín quería ser campeón nacional de marinera. Quería la fama. Quería salir en la tele y que sus padres al fin reconocieran que bailar marinera servía de algo. Machete, machete, punta, taco… Las piernas de Benjamín se movían casi mecánicamente y él ya no sentía nada; tenía las extremidades entumecidas. Incluso sus pies descalzos no sentían el frío del suelo porque este se había calentando por todo el movimiento que estaba realizando. 

—¡VAMOS! —volvió a gritar la profesora —¡UNA FUGAS MÁS Y ACABAMOS!

Benjamín aceleró la velocidad porque sentía que se estaba saliendo de música. Por algún motivo, su cerebro le decía que la velocidad de la marinera había aumentado. Machete, punta, taco, lateral, machete, punta, taco, lateral, lateral… Benjamín vio un hilo de líquido rojo de contextura viscosa que se extendía por el suelo. Se había abierto una herida en los dedos del pie. Extrañamente, él no sentía nada. Ignoró la sangre y siguió bailando. Punta, taco, machete, machete, lateral…

Cuando la música llegó a su fin, Benjamín se acercó a la silla más cercana y se tiró en esta. Vio que los nudillos de los dedos de sus pies estaban al rojo vivo. 

—Eso te va a doler mañana —dijo su profesora —. Anda a tu casa. Remoja tus pies en agua con sal y descansa.


Mientras Benjamín tomaba su agua, estiró su pie derecho y pudo ver aún las cicatrices de las aberturas que se había hecho ese día ensayando marinera. Aún recordaba el nombre de la marinera con la que se hizo esas heridas. Pañuelos al aire. Una buena marinera.

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