El Puto #6

( Lee la quinta parte aquí ->  https://elticherpe.com/2018/07/16/el-puto-5/ )


Empecé a correr con mi pandilla por la Avenida Emiliano Niño escapando de la patrulla de policías. Habíamos estado peleando con los de Chiclayo que habían venido a buscar pleito. En el camino, varios se quedaban en callejones y nos íbamos dispersando hasta desaparecer de la vista. Bryan y yo nos metimos por la Calle Dunas para poder llegar a su casa. La adrenalina corría por nuestros cuerpos y no nos sentíamos cansados a pesar de haber corrido varias cuadras. Llegamos a la casa de Bryan y cerramos la puerta. Él me dio un beso eufórico lleno de calentura. Sentía todo su cuerpo sudado y sucio de la pelea en la que habíamos estado.

—Te amo, huevón —me dijo agarrándome las nalgas y lengüeteándome el cuello —. Eres el mejor amante para merodear la ciudad.

—Ese eres tú —le dije.

—No, Gabriel. Yo solo dirijo la mancha, tú eres el que me acompaña. Mi mano derecha. mi compinche; o como dicen los limeñitos: mi causa.

Soltamos una risotada y subimos a su cuarto. Bryan prendió el televisor para ver algún programa, pero en realidad lo usamos como sonido ambiental. Prendimos un par de cigarrillos y abrimos dos botellas de cervezas. Teníamos dieciséis años en ese momento. Bryan era más grande que yo, con rulos y piel morena. Tenía una voz muy gruesa para su edad, era casi como si fuera otra persona el que hablara por él.

—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunté hechándome en la cama.

—Dormir contigo, abrazados.

Nos acurrucamos y dormimos. Los días eran así con Bryan. Era una mala vida. Nos dedicábamos a buscar peleas, robar, hacer vandalismo y, de vez en cuando, emborracharnos. Nuestra gran hazaña fue cuando robamos un chancho de una granja al costado del río. Fuimos de madrugada y esperamos entre los arbustos a que el dueño se quedara dormido luego de haberse embriagado de tanta Chicha de Jora. Hicimos que el cerdo nos siguiera mientras le dábamos pedazos de comida que habíamos encontrado en un basural y lo subimos al carro que habíamos tomado “prestado” de un familiar. Al día siguiente, cocinamos chicharrón para todos nuestros amigos y tuvimos una gran fiesta.

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Yo no estaba enamorado de él, me gustaba, sí, pero estaba con él porque me encantaba tener ese poder de estar con el cabecilla de una banda. Por otro lado, creo que Bryan sí estaba loco por mí. Una vez casi mata a alguien solo porque me insultó. Le dio tantos golpes en la cara que hasta hora se le ven las marcas al tipo. Desde esa vez, Bryan siempre juró protegerme y creo que así demostró que estaba enamorado de mí. Bryan juró amarme de por vida. Me dijo incluso que si algún día me alejaba de él, me haría la vida imposible porque yo le pertenecía. Yo tenía que estar a su lado por el resto de mis existencia. Desafortunadamente, cuando gané el campeonato de fútbol entre colegios, tuve una propuesta de venir a Lima a empezar una carrera como deportista profesional. Por supuesto, no desperdicié la oportunidad. Bryan no lo tomó bien y juró que algún día se vengaría de mí. Que no desaparecería de mi vida.

Habían pasado diez años y no había tenido ninguna noticia de Bryan. No hasta la carta que Manuel dejó en mi casa antes de quitarse la vida con un cuchillo. Era él. Tenía que ser Bryan. No tengo otra conexión a Lambayeque a parte de mi familia y ellos, por supuesto, no harían esto. ¿Quizá esta era la venganza que Bryan juró realizar? ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo lo soluciono?

Fui a abrirle la puerta a la policía. Cuando pasé por la sala, pude ver los ojos de Manuel fijados hacia la ventana tapada con la cortina. La sangre estaba seca por algunas partes, pero casi toda seguía fresca. Se sentía un olor a carne fresca en el departamento. Cuando abrí la puerta, la policía entró y les conté lo que pasó. No les enseñé la carta porque pensé que eso iba a empeorar mi caso. Me dijeron que tenía que ir a la comisaria a declarar los hechos. Me subieron a la patrulla y me dijeron que todo estaría bien. Solo tendría que declarar y estaría bien.

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Cuando llegué a la comisaria, me senté en un sala de espera mientras arreglaban unos papeles. Las paredes eran amarillas y estaban un poco sucias. Habían unos cuatro escritorios llenos de papeles en desorden. La luz del cuarto era muy débil, podías deprimirte si te quedabas más de diez minutos en ese lugar. A los cinco minutos escuché muchos gritos en la puerta y vi por el pasillo que pasaban un grupo de cinco mujeres trans que las habían apresado saliendo de la discoteca. Al parecer habían estado vendiendo drogas. Cuando desaparecieron, una señora me dijo que el comisario estaba listo para recibirme. Me paré y caminé lentamente hacia la puerta. La abrí y escuché una voz muy familiar.

—Buenas tardes, Señor Gabriel.

Bryan estaba sentado detrás de un escritorio gigante vistiendo un uniforme verde mientras se arreglaba el cabello lleno de gomina.

—Hijo de puta —pensé.

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